JUAN MARTÍN POSADAS
Argentina nos ha agredido y eso nos duele. En realidad lo que nos duele no es tanto lo que hizo el gobierno argentino sino la lamentable falta de reacción de nuestro gobierno; la torpeza con que ha actuado nuestra Cancillería; la sumisión con que, luego de la atrevida acusación franco- argentina, nuestras autoridades se han apresurado a prometer enmiendas.
Mujica quiso defender su opción de sintonía con Cristina Kirchner diciendo que hay que entender el estilo confrontativo típico del peronismo. Se equivoca. Un conocimiento adecuado de la historia de nuestras relaciones con la Argentina lo hubiera llevado hacia explicaciones más sólidas (así como a otras precauciones y resguardos). La Argentina tiene profusos antecedentes de intromisión en nuestros asuntos. Desde los orígenes de nuestra nacionalidad -eso que se mencionó tanto esos días de festejos bicentenarios- la influencia prepotente de los gobiernos argentinos ha estado incómodamente presente acá. No tiene nada que ver con el peronismo.
La historia no es una condena: se pueden corregir los rumbos y cambiar el futuro. Pero la historia es un peso, una inercia que lleva con demasiada facilidad a tomar por natural lo que no es más que un antecedente. Sucede que, desde los comienzos, la Argentina ha tenido designios sobre nuestro país: se ha hecho sus ideas de lo que le corresponde al Uruguay y de lo que -según ellos- no le corresponde. Y su gobierno actual respira esa vieja convicción.
Nuestra Cancillería -colonizada ideológicamente por el Frente Amplio- interpreta el mundo según los esquemas simplistas de la izquierda: el mundo se divide en dos, opresores y oprimidos, el norte rico oprime al sur pobre, la defensa de éste es unirse. Este esquema sirve para cualquier parte del mundo: es decir, sirve para la tribuna pero no para la diplomacia. Nuestro canciller ignora la historia (y, quizás, como decía Machado, desprecia cuanto ignora).
Uruguay no puede pelearse con Argentina: no por una poética hermandad sino porque, por razones de tamaño, no le conviene. Lo mismo con Brasil. Pero no va a encontrar en ellos aliados desinteresados, como no los encontró en el pasado. Nuestro país debe confiar sus relaciones diplomáticas a un equipo profesional, conocedor de la historia, que sepa moverse con habilidad en un terreno resbaloso (no fraterno) y que sepa buscar aliados fuertes. Eso es lo que acaba de hacer Argentina ganándose la oreja de Sarkozy; ni más ni menos.
El fervor patriótico viene enfriándose en nuestro país de un tiempo a esta parte. Pero ha tenido dos momentos de un fenomenal y estremecedor reverdecer. Dos momentos. Uno, con motivo de la actuación del combinado celeste en Sudáfrica. Todo el país se sintió durante ese mes unido por un sentimiento de pertenencia. Y había sucedido antes cuando Vázquez dijo: con los puentes cortados no se negocia. En ambos casos -recuérdelos el lector- se nos hinchó el corazón y nos volvimos a sentir orgullosos de ser uruguayos. Mujica ha creído que obtendría mejores resultados con otra actitud hacia el gobierno argentino. Se equivocó. Se equivocó y en ese paso se desencontró con los uruguayos. Eso es lo peor.