Murió el polémico director Ken Russell

Auge. El cineasta se destacó con películas como "Mujeres apasionadas" y "Los demonios"

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GUILLERMO ZAPIOLA

Su época de gloria estaba tan atrás que resulta casi un sobresalto comprobar que vivió hasta ayer, siguió dirigiendo hasta 2006 y actuando después. Porque el nombre de Ken Russell significó algo en el cine, sobre todo, en los años setenta.

Luego comenzaría una larga decadencia con recuperaciones ocasionales, pero Russell nunca volvió a ser lo que era. Ahora que falleció (ayer, en Londres, con 84 años) corresponden evaluar sus más y sus menos, evocar el poderío cinematográfico de sus mejores películas, y lamentar que un talento notorio se haya dispersado tan a menudo en labores irrelevantes o ahogadas por la pretensión frustrada. Sea como sea, algo hay que reconocerle a Russell. Podía ser brillante, y también insufrible. Se puede adoptar cualquier actitud ante su cine, excepto la indiferencia.

Nacido en Southampton el 3 de julio de 1927, Henry Kenneth Alfred Russell sirvió en su juventud en la Real Fuerza Aérea británica y en transporte marítimo, se dedicó durante algún tiempo a la danza y la actuación, pero llegó a la conclusión de que sus piernas eran demasiado cortas para la primera y que no tenía demasiado talento para la segunda. La pasión por la fotografía, a la que se dedicó fundamentalmente durante los tardíos cincuenta, lo acercó al cine y especialmente (al principio) a la televisión: para la BBC rodó una serie de documentales sobre artistas como Debussy, Elgar e Isadora Duncan, entre otros.

Fue su documental largo Elgar (1962), en el que combinó materiales originales con escenas reconstruidas, el que disparó realmente su carrera. En trabajos posteriores reiteraría su vocación por combinar la música con una extravagante imaginería visual que habría de conducirlo, casi naturalmente, a algunos de sus más ambiciosos trabajos de ficción.

Sus dos primeras incursiones en el cine "mainstream" no parecieron empero especialmente llamativas. Una playa con mostaza (1964) fue una comedia playera, con algo de costumbrismo y un poco de humor, que tenía cierta gracia pero pudo hacerla cualquiera. Con el mundo a sus pies (1967) fue la tercera incursión cinematográfica del agente secreto Harry Palmer, interpretado por Michael Caine, entretenida pero no tan distinta de otras decenas de películas de espionaje entonces a la moda, con la probable excepción de una secuencia de invasión a la URSS que jugaba con la música de Prokofiev y encuadres copiados de Alejando Nevky de Sergei M. Eisenstein.

La crítica empezó a hablar realmente de Russell dos años después, cuando llevó al cine Mujeres apasionadas, una espléndida adaptación de la novela homónima de David H. Lawrence sobre amores contrariados y el conflicto entre el conservadurismo y la franqueza sexual en un pueblecito minero. El film debía mucho al cuidadoso libreto de Larry Kramer, que observaba con cuidado el ambiente y la evolución psicológica de los personajes, aunque probablemente se habló más de él por la desnudez frontal de sus protagonistas masculinos Alan Bates y Oliver Reed en una escena de pelea. Era más que eso, sin embargo, incluyendo sus calidades plásticas y un nivel interpretativo que le valió un Oscar a la gran Glenda Jackson.

Ese film abrió el camino al mejor período creativo de Russell, que incluyó casi de inmediato el acercamiento a la figura de Chaikovskii en La otra cara del amor (1970), que fue desestimada por algunos como "el romance de un homosexual y una ninfómana" pero tenía también sus destrezas de fotografía y montaje y una hábil utilización de la música. Luego vino Los demonios (1971), una crónica del famoso caso de las monjas presuntamente poseídas del monasterio de Loudun que Aldoux Huxley narrada en un libro espléndido, y que generó otras controversias. Tenía sexo, tortura y sangre, pero también mucho cine.

Ese período de auge podría completarse con el amable homenaje al cine musical de El novio (1971), protagonizado por Twiggy, la relativa sobriedad de El mesías salvaje (1972), la extravagancia no exenta de talento de Mahler (1974) y hasta los excesos a veces inspirados de la "opera rock" Tommy (1975), con The Who.

Luego, por algún motivo, la maquinaria pareció empezar a descomponerse. El procedimiento de delirar ficciones en torno a la vida de gente famosa y mover enloquecidamente la cámara rindió mucho menos en películas como Lisztomanía o Valentino (ambas de 1977), y la taquilla comenzó a resentirse. Estados alterados (1980) exhibió algunos chispazos de talento, pero en conjunto parecía la versión "artsy" de una película del Hombre Lobo (el guionista Paddy Chayevsky hizo remover su nombre de los créditos). Lo que siguió fue una larga pendiente de autoindulgencia que involucró a Lord Byron y Mary Shelley (Gothic, 1986) o a Oscar Wilde (Salome`s Last Dance, 1988), o la impersonalidad de una biografía del capitán Dreyfuss (Prisionero del honor, 1991). Su gran época había quedado atrás.

Tres etapas de una carrera

Mujeres apasionadas

Reino unido 1969

El ataque antipuritano de David H. Lawrence (en una de sus mejores novelas) inspiró una de los mejores films de Russell. Casi todos sus excesos están cerca del final, que en su momento pareció un error y acaso es, en cambio, lo más personal que tiene la película.

La otra cara del amor

reino unido 1970

La torturada vida íntima de Piotr Ilich Tchaikovskii (Richard Chamberlain), sus relaciones con una mujer complicada (Glenda Jack- son), y el espléndido contrapunto de la música. Hay algo decadente y obsesivo en el film, pero también una frecuente inventiva.

Tommy

reino unido 1975

Un sordomudo tonto se convierte en campeón de pinball y centro de un culto seudorreligioso, y el grupo The Who desencadena a su alrededor una enérgica ópera rock. Russell la filma con energía equivalente y la complicidad de varias estrellas, incluida Anne Margret.

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