Francisco Faig
Todos los días se suceden episodios que dejan en claro que en este país manda el sindicalismo. Ana Olivera, intendenta de Mugreteveo, está dispuesta a anular los efectos de las sanciones a los funcionarios de limpieza suspendidos en el 2010, si Adeom se compromete, a futuro, a no tomar medidas que afecten la salud de la población. Como los días de suspensión ya fueron cumplidos, el compromiso es quitar el antecedente en los legajos de esos funcionarios municipales. De esta forma, a la hora de poder concursar por nuevos puestos, se equiparará a los malos funcionarios con los otros.
Llega esta voluntad de compromiso luego de que el domingo pasado los municipales no hicieran horas extras por estar en conflicto, y que se resintiera así la tarea de limpieza de contenedores. ¿Y por qué este nuevo conflicto? Porque la Intendencia había amonestado a nueve funcionarios por llegadas tarde. Por cierto: rápidamente, esas sanciones también quedaron sin efecto.
Con sesudos matices académicos, la izquierda intelectual orgánica vernácula llama a esto, a veces, reforma progresista del Estado; otras veces, gobierno participativo popular y obrerista.
Otro ejemplo. La reciente crisis institucional en la educación mostró hasta qué punto la inmensa mayoría de los actores involucrados comulgan con el sindicalismo. Desde Mujica, que atiende las propuestas sindicales del Fenapes; hasta los delegados de los profesores en las autoridades de la enseñanza; pasando por una amplia intelectualidad de izquierda, que en su momento legitimó, con su acción u omisión, el sindicalismo de la ley de educación de la administración Vázquez, y que ahora, impoluta, se rasga las vestiduras en carta a la prensa porque quiere un acuerdo educativo nacional.
Quizá la mejor expresión de este yugo del sindicalismo haya sido la reciente declaración de la asamblea técnico docente de Secundaria. Fue resumida por el presidente de esa asamblea, que dice estar "en contra de los acuerdos interpartidarios, que en definitiva son los que han generado esta situación de crisis en el sistema educativo": una joyita de protofascismo antidemocrático.
En 1968, Lluis Llach compuso "La estaca". Su letra, en catalán, es un llamado a la rebelión ciudadana que, lamentablemente, tiene actualidad: "¿no ves la estaca a la que estamos todos atados? Si no conseguimos liberarnos de ella nunca podremos andar. Si tiramos fuerte, la haremos caer. No puede durar mucho tiempo más. Seguro que cae, cae, cae, pues bien podrida ya debe estar. Si yo tiro fuerte por aquí y tú tiras fuerte por allá, seguro que cae, cae, cae. Nos podremos liberar".
Ya es tiempo de que hagamos caer la estaca sindical. No son más de quinientos quienes la sostienen, llenos de resentimiento, y que manejan lugares claves del país. Logran sus objetivos porque nadie los enfrenta con decisión en la defensa de los más débiles: los que sufren, en particular, la desidia en los servicios estatales de salud, educación y seguridad.
Indignémonos de una vez por todas y empecemos a andar por el camino de la libertad.