MARCELLO FIGUEREDO
Dado que la marcha del Torneo Apertura me tiene absolutamente sin cuidado, y mi corazón futbolero ha dejado de latir hace ya unos cuantos campeonatos, el domingo pasado, luego de asistir por televisión a ese reality show de energúmenos que no hubiera podido concebir ni la ficción más calenturienta, se me dio por pensar cómo se habrían comportado esos exaltados señores de regreso a casa.
Por ejemplo: ¿habrán insultado a sus suegras si, por azar, éstas habían estirado la sobremesa con la nena y todavía estaban en el living ocupando el sillón indebido? ¿Habrán pateado al perro si tuvo la maldita idea de cruzarse en el camino justo cuando ellos iban al baño a vaciar su furia? ¿Habrán cascado a los nenes si osaron levantar la voz en pleno informativo y no los dejaron escuchar sus propias puteadas con la tranquilidad del caso? ¿O habrán violado a la mucama, que se olvidó de sacarles el hielo para el religioso whisky de la tardecita? Vaya uno a saber.
Después me pregunté qué sicólogos, qué sociólogos, qué ministros saldrían en defensa de estos violentos bien vestidos que no son pobres, ni marginales, ni adictos a la pasta base, ni víctimas del neoliberalismo de los años `90, ni ningún otro bla bla bla a los que somos tan afectos por aquí para justificarlo todo. Quién sería el valiente que tuviera las pelotas para decir que Líber Prudente actuó como se debe, que los reglamentos están para ser cumplidos con independencia de la cantidad de personas que asista a un espectáculo público y de la testosterona frustrada que se acumule en las tribunas. Quién se atrevería a ponerse en manos de un abogado que en sus ratos libres arenga exaltados y los invita a meter presión a muerte para salvar tres puntitos en la tabla de posiciones. Y quién tendría el coraje de volver a una cancha con las amenazas que esta semana circularon por internet, las piedras que volaron por los aires y las voces delirantes que se oyeron en la calle, todo lo cual pone a nuestros estadios cada vez más cerca de convertirse en campos de batalla.
En fin. El domingo pasado nos regaló al menos dos conclusiones sobre el estado actual de las cosas. Por un lado, y como rezaba el título en castellano de aquella película en que John Voight, Burt Reynolds y otros dos amigos se enfrentaban a los salvajes del bosque, queda claro que la violencia está en nosotros. Por otro, queda igualmente clara nuestra inexplicable tendencia a achacarle todos los males a quienes intentan hacer las cosas bien. No hay metáfora más perfecta de la condición nacional. Afortunadamente, algunas voces aisladas ya se han alzado en defensa de la puntualidad del polémico juez. Pero desde Alberto Kesman hasta José Luis Corbo, pasando por José Mujica, son franca mayoría los que de una u otra manera han criticado a Prudente. Dicen que le faltó cintura, sentido común y grapa. Mirá vos. Apreciamos más la cultura de boliche que el cumplimiento de las reglas. Así estamos. Pero como aprendimos del propio cascoteado: es lo que hay, valor.