Luto y luz

Leonardo Guzmán

Iba a escribir sobre cómo siento vivas en la muerte las voces de amigos con los que, sin votar igual, tuve honda comunidad de sentimientos e ideas, como Américo Abad, ido este año, Nelly Goitiño, que partió hace cuatro años o Luis M. Guarnaschelli, quien se fue hace casi veinte. Iba a mostrar cómo los destellos de eternidad de sus planteos nos regresan cual refranes y cuánto necesitamos espíritus de su porte ciudadano para convivir sembrando.

Pero irrumpió el procesamiento de una Ministra de Tribunal, que, siendo Juez Letrado, se apropió de fondos que debía custodiar en su cuenta judicial del BROU. El Día de los Difuntos nos clavó preguntas de luto: ¿puede el Estado de Derecho caer tan bajo? ¿Pueden fallar tanto los controles? ¿Puede pasar esto entre nosotros?

En las tinieblas se recortó una luz fuerte: si aberrante fue lo hecho por la hoy procesada, en cambio fue honrosa y valiente la actuación de la Jueza de Penal 14º, Dra. Adriana de los Santos, al cumplir el penoso deber de denunciar a una predecesora; y riguroso ha sido el trabajo del Juez del Crimen Organizado Dr. Jorge Díaz, cuyo auto de procesamiento refleja "con sumo pesar" las conclusiones de una indagatoria ejemplar sobre un tema empedrado por órdenes de pago falseadas y expedientes perdidos.

Nuestro Estado de Derecho debe mirarse en el espejo de los procedimientos límpidos de estos Magistrados que, al no detenerse en que la enjuiciada era colega, ante pruebas, resultancias y razones le dijeron NO al espíritu de cuerpo y SÍ a la legalidad igualitaria.

Aunque el desorden y la incuria que lucía Penal 14º bajo el imperio de la ex Magistrada debieron obligar el alerta cinco años atrás, el balance funcional de hoy resulta positivo: la Magistratura se limpió desde adentro. El Derecho cumplió su misión.

Pero al mostrar que los controles de la Justicia son vulnerables y evidenciar un fraude escandaloso, el caso deja hiel. Dentro del foro, porque es deplorable saber que los litigantes -que ahora les llaman justiciables- han de invocar este hecho de primera magnitud para sembrar sospechas graneadas sobre todos los actores de la vida forense. Y en la República entera, porque como ciudadanos volvemos a confirmar que, en múltiples áreas que deberían ser intangibles, el país sigue sumando lóbregos indicios de decadencia.

De ella hemos de salir, si abandonamos las doctrinas banales que separan al Derecho de su base moral y reconstruimos una profunda filosofía de la persona en torno a valores permanentes, dejando de medirla por coeficientes o marketing. Nos lo reclama la náusea con huesos estremecidos que nos fulminó en las últimas horas, homenaje de nuestro cuerpo a los hombres de servicio judicial que, hace medio siglo o hace diez minutos, honraron la tradición patria de probidad judicial.

Ya hemos experimentado demasiado con ensayos de seguridad que se basan en prescindir de la cultura, tolerar groserías y controlar hasta ofender a los honrados.

Fracasadas esas modas, hay que recuperar el diálogo sobre los valores y afirmar el espíritu normativo.

Mostrando al mundo que, también tras la crónica policial de ayer, los Jueces y todos sabemos separar la ley y el delito.

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