Tres millones
ficha
Uruguay 2011. Dirección: Jaime Roos, Yamandú Roos. Guión y edición: Mauro Sarser, Jaime Roos. Sonido: Jaime Roos. Fotografía y cámara: Yamandú Roos. Producción ejecutiva: Marcela Matta.
Hay talento en esta mezcla de crónica deportiva, documental antropológico y turístico, y diario personal. El músico, cantante y compositor Jaime Roos y su hijo holandés y cineasta Yamandú viajaron a Sudáfrica junto a la selección uruguaya que participó en el Campeonato Mundial de Fútbol de 2010, y volvieron con una extensa y por momentos muy bien hecha película que resume hábilmente la serie de partidos que le permitieron obtener a nuestro equipo el cuarto puesto, pero que también registra las reacciones de la hinchada, el periodismo, gente común, y adherentes de otros países y otros cuadros. Le queda espacio, todavía, para alejarse en algunos momentos del fútbol mismo e internarse en una barriada popular, visitar una zona de minas abandonadas o explorar una celebración nocturna o un paseo junto al mar en Kimberley, Johannesburgo o Port Elizabeth, y hasta para explorar de a ratos (esa zona del film pudo estar mejor explotada) una relación padre e hijo entorpecida por la distancia.
El conjunto es ágil, atractivo, y alimenta casi permanentemente el interés del espectador. Debió haber sido un lío, realmente, organizar todo el material que los Roos tuvieron entre manos a la hora del montaje, y decidirse por incluir esto y sacar aquello para quedarse con una película que no se extendiera hasta el infinito. Un buen ejemplo es la edición a la que fueron sometidos los partidos mismos: hay una visible inteligencia en la selección de las mejores tomas de cada uno de ellos, con la ventajosa consecuencia de que en ocho o diez minutos resultan mucho más dinámicos que en los noventa con detenciones, alargues y definición por penales que los estiraron en la vida real. Hitchcock decía que el cine debía ser como la vida, menos las partes aburridas. Los Roos decidieron al hacer su película que los partidos fueran como el fútbol, menos las partes aburridas. Hasta alguien que no es exactamente un amante del deporte (como el autor de esta nota) va a agradecérselo.
Y va a agradecer también los apuntes adicionales que registran, por ejemplo, la persistente admiración que la figura de Nelson Mandela continúa ejerciendo sobre la población sudafricana (tenía razón Vargas Llosa cuando lo definió como la figura política mundial más digna de la segunda mitad del siglo XX), la cordialidad del pueblo anónimo que se cruza de pronto ante la cámara, las reacciones de ira o decepción de los perdedores. Para una película de edición complicada que trabajó con horas y horas de material (está lo que filmaron los Roos, pero también abundantes fragmentos aportados por las cadenas televisivas), el resultado es una pequeña proeza.
¿Pudo ser mejor? Sin duda. Es un poco larga, le sobran unos veinte minutos de imagen, y acaso el doble de comentario en "voice over". En ambos casos, ese lunar que mancha el conjunto tiene nombre y apellido: Jaime Roos. Es indudable que como músico y compositor, Roos es una influencia positiva sobre el film (la enérgica, contagiosa banda musical es una prueba). Pero un músico y un compositor es alguien que trabaja con sonidos, y en el cine el sonido importa pero debe ser un recurso secundario (René Clair decía que un ciego en el teatro y un sordo en el cine pueden perderse algo del espectáculo, pero deben estar en condiciones de retener lo esencial).
Roos no se conforma con lo que la imagen muestra, que suele ser atractivo, elocuente y está generalmente muy bien filmado. Insiste en comentarlo, y con ello introduce el único o por lo menos el principal elemento negativo de su película. Sobran algunas declaraciones suyas de cara a la cámara, especialmente cuando su hijo no está también en cuadro (son más interesantes los momentos en los que aparecen juntos y se establece entre ellos una interacción), y sobran especialmente los arrebatos de comentarista deportivo que lo inflaman mientras muestra varios de los partidos. Valen, en todo caso, las observaciones (apoyadas en la repetición de imágenes) sobre incorrecciones arbitrales en el partido Holanda-Uruguay: allí el comentario llama la atención sobre detalles que pueden escaparse al observador común. Pero son menos defendibles los bloques de retórica que redundan en lo obvio en otros momentos: comparar por ejemplo el partido Uruguay-Corea, que es solo imagen (y la imagen lo dice todo) con los dos o tres primeros en los que Roos parece empeñado en imitar a los auténticos (e insoportables) periodistas deportivos que sufrimos originalmente en la televisión. Así como quedó, Tres millones es un buen documental, y de a ratos incluso algo más. Pero sería mejor si Roos hablara menos.