Pablo Da Silveira
De las muchas cosas graves que se dijeron a propósito del liceo Bauzá, la peor fue dicha por la primera dama Lucía Topolansky. Según ella, el episodio que involucró al director general del Ministerio de Educación y Cultura, Pablo Álvarez, y a la directora del Liceo Bauzá, Graciela Bianchi, "fue totalmente intrascendente".
¿Qué es lo que la senadora califica de este modo? Un grupo de jóvenes tiene una actitud oblicua y desleal, y filma una conversación con una directora que no sabe que está siendo filmada. Luego difunden el video en las redes sociales. Horas después, el número tres del Ministerio de Educación lo sube a su cuenta personal de Facebook.
En el lenguaje políticamente correcto al que es adicta la izquierda, Pablo Álvarez dice que subió el video para "compartirlo". Linda palabra, pero poco creíble. Para todos está claro que Álvarez actuó con el fin de perjudicar a Graciela Bianchi. También está claro que lo hizo en el marco de una situación de tensión entre la directora del Bauzá y el Ministerio del cual es jerarca. Al dar este paso, Álvarez estaba haciendo suyo el método oblicuo y desleal de los estudiantes, pero le estaba agregando el peso de su cargo.
El tiro de Álvarez terminó saliendo por la culata. Eso ocurrió en parte por lo feo de su actitud y en parte porque sus anteojeras ideológicas le jugaron en contra. Probablemente creyó que la imagen de Bianchi rezongando a los alumnos iba a generar rechazo.
Pero este país empieza a estar harto de la endocultura que sostiene que las normas de disciplina deben consensuarse y que los docentes no pueden imponer nada a los alumnos. Hoy existe una demanda social de sano ejercicio de autoridad. Para muchos, eso es lo que representa Bianchi.
Pero no importa que la jugada haya salido mal. Lo importante es que lo de Álvarez fue más que el "error" que él mismo admitió más tarde. No se trató de un acto privado, sino de un intento oportunista de servirse de su posición de autoridad para debilitar a quien considera un rival político.
Parecería que para los dirigentes de nuestra izquierda ya no hay instituciones, ni intereses nacionales, ni gente real, sino únicamente una gran pulseada por el poder. La patinada de Vázquez con Argentina no fue vista como un asunto delicado de política exterior sino como una oportunidad de debilitar al gran rival interno. La discusión sobre el impuesto al agro no es una cuestión de eficiencia ni de justicia, sino un terreno donde miden fuerzas el astorismo y el emepepismo. Y lo mismo pasa ahora con el liceo Bauzá, que parece haberse convertido en el punto central de la agenda educativa del gobierno.
Como todo se reduce a la gramática del poder, la izquierda no percibe sus propias contradicciones. Los mismos que atacaron al senador Bordaberry cuando grabó una conversación telefónica con el senador Michelini, ahora exculpan a Álvarez. Los mismos que defienden la autonomía a ultranza, no ven su maniobra como una intromisión desde el MEC. Nada de eso importa. Sólo el poder. Por eso los desacomoda tanto una directora que piensa primero en la educación.