La solidaridad que los tupamaros y gran parte de la izquierda uruguaya le brindaron a la ETA en 1994 durante la asonada del hospital Filtro, vuelve a la memoria en estos días en que la organización terrorista vasca ha anunciado que abandonará la lucha armada. Nadie se lo cree del todo, pero lo cierto es que ese grupo que asesinó a más de 800 españoles está prácticamente destruido y carente de apoyo por lo que su margen de maniobra es mínimo.
Se sabe que muchos de sus miembros han abandonado sus filas, entre ellos Luis Lizarralde, uno de los tres etarras cuya extradición de Uruguay a España quisieron evitar el Frente Amplio, encabezado por tupamaros amnistiados, y el Pit-Cnt en 1994. Lizarralde, condenado a más de 50 años de prisión por múltiples homicidios, pidió perdón a sus víctimas a quienes les entregó sus bienes, incluido un valioso inmueble de su familia, a modo de indemnización. Su gesto vale y mucho.
Empero, aún restan muchos activistas de ETA que, a diferencia de Lizarralde, no se disculparon con sus víctimas ni muestran el menor arrepentimiento por sus bárbaros actos como las bombas detonadas en supermercados y bares que mataron a decenas de inocentes.
¿Y por acá cómo andamos? cabría preguntarse. Porque hasta el momento en Uruguay nadie se ha disculpado por defender a aquellos tres etarras a la postre condenados por asesinos, en una manifestación en la cual se probó que hubo civiles armados que resistieron la orden judicial de extradición. No sólo los defendieron sino que se asociaron con ellos como es el caso de los tupamaros. Mientras en España los etarras amagan con rendirse, por aquí hasta ahora nadie ha dicho ni pío.