Sebastián Da Silva
Hay veces que pienso que podría ser mejor que la ley de Caducidad se vaya al demonio, y así poder terminar de una buena vez toda esta escalada de acusaciones y enfrentamientos que padece el Uruguay.
Es difícil para cualquier compatriota observar como el gobierno insiste, machaca, y presiona hasta el hartazgo. La obsesión es incluso mayor a dos claros y terminantes pronunciamientos populares; la obsesión es mayor a la voz del pueblo, generando un antecedente peligrosísimo que engrosa un largo y proficuo collar de actitudes reñidas con el concepto de República tan arraigado en el ADN de los orientales.
La casualidad es nefasta, porque tremenda violación a la voluntad de la gente, se genera en paralelo a los festejos del Bicentenario, quizás el origen de mucha de la adicción democrática de la que por suerte sentimos la mayoría de los uruguayos.
Lo cierto es que vamos camino a un nuevo choque, una nueva pulseada de quienes insisten en imponer una mayoría circunstancial a lo que piensan sus votantes y por ello acusan, atacan y maldicen a quienes quieran anteponerse. Ayer el soberano, hoy la oposición y mañana seguramente el Poder Judicial, la otra garantía del sistema democrático.
Hoy por hoy no existe en el sistema político, dirigente alguno que haya defendido o apoyado la dictadura. No hay cómplices, ni mucho menos defensores de esta etapa oscura. Hay gente que peleó hasta el último día para devolverle la libertad al Uruguay, perseguidos por el régimen, defensores de la Constitución y la ley, en todos y cada uno de los partidos políticos. La diferencia está en la coherencia: mientras para algunos la memoria es corta y violan el mandato popular exactamente de la misma forma que lo hicieran los militares, para la otra mitad, hay valores que son sagrados, el primero es el democrático.
Dentro de los dirigentes estamos algunos que estamos hartos, que el tema nos cansó, que observamos como algunos siguen usufructuando esta desgracia para conseguir perfil electoral, y como otros, obsecuentemente se callan ante tremenda demostración de totalitarismo. Así es el Frente Amplio, antepone su armonía interna y no vacila en quitarse legitimidad hacia el futuro, para resolver un tema urticante y hoy como ayer, demuestra que ese reflejo poco democrático que la izquierda siempre insinuó se puede transformar en costumbre si las circunstancias lo justifican.
¿Qué valores pueden defender hacia el futuro? ¿El apego democrático? Con esto es obvio que no. ¿La defensa de la Constitución? Menos. ¿Los valores antiimperialistas? Con la llamada a Bush está todo dicho. ¿El socialismo? Imagino que por las políticas económicas no pueden hablar nunca más. ¿Buena administración? Vaya a la IMM y saque sus conclusiones.
Por tanto son un conglomerado que lo único que defiende es su permanencia en el poder, con una población que ingenuamente ha confiado en aquello que escucharon por más de 30 años y que una maquiavélica forma de actuar en el gobierno, viene destruyendo.
Falta poco, no hay farsa que dure más de 10 años.