Vázquez

JUAN MARTÍN POSADAS

La pifia de Vázquez en el Colegio Monte VI ha dado pie a variados comentarios. Quiero agregar dos, (aunque quizás para el segundo no tenga espacio).

En primer lugar es digno de asombro el esfuerzo acrobático con que algunos comentaristas se empeñan en descubrir en dicha pifia un meditado y secreto ardid de Vázquez para conseguir a tres bandas un resultado final beneficioso. Vázquez, dicen, no da puntada sin hilo, tiene una mente fría y calculadora, el episodio estaba planificado. Se trata de la típica actitud de uruguayo astuto; dice: esa no me la creo, no me quedo en las apariencias y voy al fondo. Es el reverso de la mentalidad conspirativa, también muy uruguaya, que no puede leer las causalidades directas o los propósitos expresos sino que encuentra siempre un recoveco, cangrejo bajo la piedra que nadie vio sino él, donde yace la verdadera explicación, cuanto más tortuosa mejor.

Vázquez es, efectivamente, una persona habilidosa y calculadora pero, como todo el mundo, a veces se equivoca. Entiendo que los suyos necesiten creer que es Batman porque les resulta imprescindible para el futuro y por tanto no pueden aceptar que haya hablado demás. Más extraño es el caso de los compatriotas que no le tienen ninguna simpatía pero reaccionan del mismo modo: no pueden creer que haya tenido una pifia así y le buscan cinco pies al gato.

Sucede que el Dr. Vázquez ha logrado construir con éxito un personaje. Su figura pública, cuidadosamente estudiada, con un guión memorizado y cumplido generalmente al pie de la letra (aunque tenga baches como este) ha dado lugar a la creación, muy profesional por cierto, de un personaje mediático-político de tales características. Quienes "compran" el personaje (con gusto o con asco, tanto da) aceptan su infalibilidad.

Pero lo que sí merece mayor examen es la pregunta siguiente: ¿por qué Vázquez paga tan poco por sus errores y no le mellan la imagen? Esto es interesante. Vázquez, calculador como es, a veces ha calculado mal, como cuando le mandó el telegrama de felicitaciones al Goyo Álvarez. Eso fue un error mayor que lo de Botnia, Argentina y Bush, y, sin embargo, electoralmente no le costó mucho. El quid de la cuestión está en saber por qué cosas vota la gente, o mejor dicho, qué espera la gente del candidato al cual vota. No es fácil contestar y se ha investigado poco.

Arriesgo una hipótesis: el voto es un contrato de confianza. El ciudadano, en algunos casos conscientemente y en otros sin conciencia, emite-entrega su voto a alguien de quien espera algo para sí (para el votante). Los frentistas uruguayos que votaron al felicitador de Álvarez o al plagiador de textos suscribieron un contrato que no incluía compromisos de honestidad en los textos o antecedentes de proximidad con el Goyo sino con algo referido a ellos, a los votantes frentistas. El votante espera un cumplimiento (real o simbólico) de los términos de su contrato con el candidato, con prescindencia de otras características o comportamientos del candidato que no entran en el contrato. De aquí que ciertos comportamientos o dichos que de por sí son combustibles, no incendien al candidato a los ojos de su votante.

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