El alma es sinfónica

Luciano Álvarez

Era un día de 1178. La abadesa del monasterio de Rupertsberg, vecino a la ciudad alemana de Maguncia recibe una notificación: debe exhumar y expulsar de su cementerio el cadáver de un noble supuestamente excomulgado. La abadesa alega un error. Se reitera la orden, ahora acompañada de una amenaza de interdicción. Entonces la vieja abadesa de 80 años fue hasta la tumba hizo quitar todo indicio que permitiera individualizarla y sobre la tierra trazó una efímera cruz con su báculo. El castigo eclesiástico se cumplió: las monjas ya no podrían hacer sonar sus campanas, ni los instrumentos de música, menos aun cantar durante la liturgia y la oración.

La abadesa recurrió la medida y envió una carta en la que además de mantener su posición, realiza una apología de la música: "El profeta (David), considerando atentamente la naturaleza profunda del espíritu y sabiendo que el alma es sinfónica, nos exhorta en un salmo a que proclamemos al Señor con la cítara y toquemos el salterio de diez cuerdas". Por fin obtuvo justicia y el interdicto fue levantado. Seis meses más tarde, la abadesa Hildegard von Bingen murió, a los 81 años.

Había nacido en el 1098, en una familia noble. A los ocho años fue destinada a la vida religiosa como el diezmo para Dios; confiada a su tía Jutta von Spannheim, que vivía en una pequeña sección para mujeres en el monasterio de Disibodenberg. A la muerte de Jutta, en 1136, Hildegard fue elegida como abadesa. Más tarde decidió emancipar a su congregación y crear en Rupertsberg el primer monasterio femenino autónomo, donde "todo tendría que estar libre de excesos". Hildegard no aprobaba las penitencias físicas; para ella la preservación de la salud es una tarea cotidiana de vigilancia que involucra espíritu y cuerpo. En Rupertsberg todo sería medido y equilibrado: el "Ora et Labora" trabajo, oración y lectura debían alternar con el necesario descanso. Hildegard no sólo acaudillaba una audaz aventura, sino que al mismo tiempo trabajaba en la construcción de una obra intelectual y artística perdurable. Compuso una vasta obra musical para la vida comunitaria de la cual se conservan más de 70 obras con letra y música, himnos, antífonas y responsorios. Una obra actualmente redescubierta y valorada.

Desde 1141 trabajó en la transcripción de sus "visiones". Hildegard explicaba que desde muy niña se le manifestaban como una gran luz, plena de imágenes, formas, colores, música y una voz que explicaba lo que veía. Sin embargo no se producían en medio de éxtasis y alucinaciones como era habitual; los vivía conscientemente, sin perder los sentidos ni sufrir. En aquel tiempo las mujeres no tenían oficio clerical ni autorización para hablar en público, en cambio los trances místicos y sus derivados, expresión del carácter femenino, eran considerados útiles medios de predicación, siempre y cuando no contravinieran la ortodoxia. Así nació su primer libro: Scivias (Conoce los caminos), donde "Visiones" de Hildegard reflejan una erudición singular de la literatura sagrada, capacidad de imaginación visual y gran riqueza metafórica. Todo ello notoriamente emparentado con representaciones del arte románico o del primer gótico. La idea de que sólo era una médium que recibía dictados del Espíritu Santo, era el costo que debía pagar su condición femenina para ser aceptada en un mundo intelectual donde casi no había mujeres.

Se las arregló para que un borrador de "Scivias" llegara al papa Eugenio III, que por entonces se encontraba en la cercana ciudad de Tréveris para presidir un sínodo. Un comité de teólogos aprobó el libro y él mismo papa leyó públicamente algunos pasajes. Su fama fue inmediata. Publicó cinco grandes libros y siete más reducidos. Se conservan casi 400 cartas a personas de toda índole. Entre sus corresponsales se cuentan las figuras más poderosas de la época -papas y reyes, nobles y cardenales- y los intelectuales más destacados. Juan de Salisbury, célebre obispo e intelectual escribía a un amigo, en 1167: "Envíame las visiones y profecías de la bienaventurada y celebrada Hildegard, quien vive entre vosotros. Ella me parece sumamente digna de renombre y respeto".

Hildegard realizó al menos cuatro grandes viajes de predicación, cosa insólita y prácticamente única para una mujer en aquellos tiempos: Habló tanto contra la corrupción del clero como sobre la herejía de los cátaros que predicaban una doctrina maniquea y extremista. Siempre fue capaz de bordear la heterodoxia sin pasar las fronteras.

Su curiosidad intelectual y su sentido de la responsabilidad no limitaron sus trabajos a la teología. Sin olvidar sus aportes a la música. Escribió y recopiló valiosos materiales sobre medicina y a las ciencias naturales. Es notable su valoración del amor y la sexualidad humana, en contra del desprecio impuesto por San Agustín en la tradición eclesiástica. En varios pasajes de su libro de medicina, "Caus et cur" se habla sobre la dulzura del amor físico entre hombre y mujer: "El amor del hombre, en comparación con el amor de la mujer, es en su ardor como fuego de ardientes montañas, que es difícil de apagar, en comparación con el fuego de leña que se apaga fácilmente. Pero el amor de la mujer comparado con el amor del hombre, es suave como calor que viene del sol y que da frutos". Sorprende incluso su comprensión y tratamiento de temas sexuales como el orgasmo. ¿Cómo era posible tal cosa en una mujer que había tomado los hábitos a los ochos años? Cierto es que tuvo acceso a información de primera mano, producto de las conversaciones con sus monjas, entre las que se contaban viudas, madres, esposas abandonadas, jóvenes de vida promiscua, etc., a las que sumó la lectura y los conocimientos intelectuales, sin descartar experiencias personales sobre las que sólo puede especularse.

Hildegard, "la pitonisa del Rin" era erudita, sumamente inteligente y curiosa; también astuta. Supo utilizar como nadie los prejuicios hacia las mujeres a su favor y dejar una huella en la Historia y una herencia musical que hoy podemos disfrutar.

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