Ya somos 7.000 millones

JORGE ABBONDANZA

En este mes de octubre la población mundial llegó a los 7.000 millones de personas, luego de crecer locamente a un ritmo que por suerte no se mantendrá, aunque las predicciones son de cualquier manera alarmantes. La Tierra tendrá 8.000 millones de habitantes en 2025, 9.000 millones en 2050 y 10.000 millones en 2100, según las estimaciones de la ONU. Pero lo peor es que ese incremento no será parejo en todo el planeta, y afectará a las regiones menos preparadas para soportarlo. En África viven 1.000 millones de individuos y serán 3.600 millones a fines de este siglo.

En cambio los países más desarrollados irán despoblándose gradualmente, con marcado descenso demográfico en Alemania, Rusia, Italia, Francia, España y Japón, donde el promedio de hijos por pareja no es capaz de mantener el volumen de población de hoy. En esa caída figura China, cuyo riguroso control de natalidad vigente desde hace cinco décadas, reducirá los 1.400 millones de habitantes actuales a 940 millones en 2100. Pero el peligro adicional en las naciones que pierden gente es que su población irá envejeciendo paulatinamente, por lo cual los 700 millones de hombres que hoy tienen más de 60 años pasarán a ser 2.100 millones en cuatro décadas.

A lo largo del siglo XX la humanidad pasó de 1.600 millones de personas en 1900, a 6.100 millones en 2000, a medida que el promedio de vida subía de 32 a 65 años, lo cual demuestra que la explosión demográfica de ese siglo no se debió a un mayor número de nacimientos sino al progreso en la medicina, la alimentación y las condiciones sanitarias. En cambio la tasa de fecundidad bajó, desde los 5,4 hijos que nacían en promedio por mujer hacia 1950, a los 2,5 de la actualidad. La pérdida de población del mundo occidental, que se situará entre el 20% y el 30%, tendrá consecuencias graves y múltiples. Porque la economía de Occidente, que representaba en 1950 el 68% del producto bruto mundial, equivaldrá solo al 30% cien años después.

Ese panorama confirma que en algunas materias, como la demográfica o la económica, el porvenir no siempre será tranquilizador, apoyando a los pesimistas convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor.

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