CLAUDIO FANTINI
La Constitución iraní establece "la misión ideológica" de llevar la soberanía de Alá a todo el mundo". Al Quds se llama la brigada que realiza misiones en el exterior. Dos razones para que no resulte descabellado sospechar que el régimen, o alguna de sus facciones internas, pueda estar detrás de un complot para perpetrar atentados en otros países.
La sospecha crece si el blanco es la diplomacia saudita. Irán tiene mayoría chiíta, etnia a la que la vertiente teológica oficial en el Estado de la familia Saud, el wahabismo, considera una forma de apostasía. La enemistad entre Riad y Teherán se remonta al plan del ayatola Jomeini para generar revoluciones en los países árabes, lo que incluyó fomentar la rebelión de los chiítas que habitan la Provincia Oriental del reino. Tampoco parece descabellado que agentes iraníes planeen ataques en Buenos Aires, donde los atentados a la embajada de Israel y la AMIA siguen sin ser esclarecidos y, en el segundo caso, "la pista iraní" es la única aún en pie.
Además, tiene lógica que al complot lo haya descubierta la DEA (agencia antidrogas), porque los conspiradores intentaban perpetrar el crimen a través de sicarios del narcotráfico mejicano conocidos como Los Zetas. Pero es imposible descartar que, en realidad, se trate de una invención para justificar un ataque contra Natanz, Arak, Isfahán, Lashkar Abad y Bushehr, los centros donde el régimen de los ayatolas desarrolla su proyecto nuclear.
La nuclearización de Irán con posibles fines militares desvela al Estado judío y multiplica en Washington los halcones deseosos de golpear al régimen de los ayatolas. Si la crisis desemboca en un ataque, se fortalecerá la sospecha de que todo fue un ardid para justificar tal acción. Además, las guerras pueden estimular economías estancadas y desviar la atención de las sociedades indignadas con sus gobiernos.