Dos años se cumplieron desde aquellos dos graves incidentes que conmovieron al país con diferencia de pocos días: la muerte en el Buceo de una mujer víctima de un paquete-bomba y el caso del contador Feldman que mató a un policía en Shangrilá, defendió a balazo limpio su arsenal de guerra y terminó suicidándose. Como dirían los cronistas policiales, las investigaciones de ambos episodios están a fojas cero pese al tiempo transcurrido.
El asesinato de Miriam Mazzeo, funcionaria de la Universidad de la República, revistió características excepcionales debido al procedimiento empleado: un paquete enviado a su domicilio que detonó al ser abierto por la infortunada mujer. Las investigaciones no arrojaron pistas que permitieran descubrir a los autores de un atentado que, además, hirió a un joven que se hallaba en la casa. Vecinos y amigos de Mazzeo están irritados por el escaso resultado de las pesquisas que aun se realizan y así lo demostraron en una marcha de protesta realizada hace algunos días.
El final de Saúl Feldman fue distinto. Profesional conocido en plaza, sin antecedentes penales, una vez detectado como propietario de gran cantidad de armamento, resistió la acción policial a sangre y fuego. Por increíble que parezca, del análisis de todos sus documentos, su ordenador, su celular y su entorno más cercano no surgieron datos que explicaran porqué mantenía ese arsenal clandestino. A la postre el fiscal de la causa pidió el archivo del caso señalando que Feldman tenía una dosis de locura que lo inducía a recolectar armas. Hasta el día de hoy esa conclusión rechina por su simpleza.
Ambos casos siguen siendo un enigma y, además, una muestra de ineficacia policial.