María Julia Pou
Saber cuántas personas habitan un país es de la esencia de un gobierno moderno. Los ciudadanos son el objeto final de la acción gubernativa y por ello, además de contarlos, es bueno también conocer las grandes categorías en que se encuentran y viven. Así su nivel de instrucción, la calidad de su vivienda y de su empleo, la cantidad de hijos a su cargo.
Se trata de grandes números, no de la investigación particular de cada circunstancia, sino de poder mirar el mapa social del país con profundidad y verdad. En nuestro país transcurrieron los años desde 1908 a 1960 sin que ningún gobierno realizara un censo. A partir de aquel gobierno del Partido Nacional, también en eso moderno, se fueron realizando con mayor o menor regularidad cada 10 años, que es lo que se estila en esa materia. Incluso durante la dictadura se relevó a la población nacional.
Los censos siempre se realizaron de acuerdo a un plan muy lógico por cierto. Se concentraba la actividad censal en un solo día durante el cual los habitantes del país debían de permanecer en sus domicilios hasta ser censados. Siendo el nuestro un pueblo culto y ordenado, así ocurría y se cumplía el trámite con una enorme mayoría de personas y hogares en un solo día. Luego se repasaban los faltantes. La tarea la realizaban funcionarios públicos especialmente reclutados e instruidos para ello. Todo en paz y armonía, cuidando la intimidad de las personas pero pidiéndoles la colaboración de sus datos para el bien común. Hasta que llegó este gobierno…
El censo ha sido un desastre técnico, político y cultural, como gusta decir la Intendenta de Montevideo. Desde el punto de vista técnico se optó por desarrollarlo durante un mes. Suponemos que hay razones para ello pero los resultados indican que no fue una buena decisión. Los encuestadores son de muy diversa capacitación. Reflejando quizá la decadencia de nuestra educación, algunos no tenían clara su tarea ni la sabían desempeñar a satisfacción.
Casos concretos conocemos en los que las preguntas fueron 4 o 5 y el tema se despachó en minutos. Otro llevó una hora y media de inquirir en los aspectos más íntimos de la persona censada, en un interrogatorio digno de tiempos de triste memoria. La picardía y la maldad, siempre atentas, se ingeniaron para que delincuentes se fingieran censadores, para efectuar un asalto. Pero en general la gente estaba prevenida contra ellos porque no le tiene confianza al gobierno, porque la inseguridad es un sentimiento que tiene la mayoría, y porque fundadamente sabe que se están avasallando libertades e invadiendo el fuero de la vida privada.
No conocemos los resultados finales. Seguramente van a reflejar muy defectuosamente la realidad, por lo antedicho. Ha sido por otro lado muy útil para confirmar que este gobierno, que no tiene la confianza de la gente, no tiene la capacidad para hacer un censo y que ha bastado un año y medio de gestión para que confirmemos que no sabe gestionar. Un censo, por ello, muy útil.