Por las dudas

Juan Martín Posadas

El mundo, por lo menos aquel del cual nuestro país forma parte, está actualmente convulso y perplejo por un desarreglo económico no previsto del cual no atina a encontrar remedio. A diferencia de lo que solía suceder siempre, es decir, que nunca dejaban de castigar a la periferia los sacudones aún menores de los países centrales, nuestro país ha vivido un período de inusitada bonanza de seis o siete años corridos, los últimos de los cuales van paralelos a aquellos problemas.

Al día de hoy Alemania no sabe qué hacer con Grecia (y con los bancos alemanes que le prestaron tanta plata a los griegos), Inglaterra no sabe qué hacer con Irlanda, Italia miente y España y Portugal no saben qué hacer con ellos mismos. Y aquí, en este solar, en la orilla buena del río como mar, estamos nosotros, los orientales, con una sensación ambigua: barriga llena, por un lado, pero empezando a ponernos nerviosos.

Es sabido que los pueblos, al igual que las personas, se tornan egoístas ante el infortunio o la amenaza, toman comportamientos de sálvese quien pueda, olvidan las solidaridades juradas y dejan de cumplir los pactos firmados y confirmados. Así es la naturaleza humana y así, o más, la política internacional. Nuestros vecinos de al lado, Brasil y Argentina, beneficiados hasta ayer por la misma coyuntura económica favorable que nosotros (valorización fabulosa de las commodities) hoy se están asustando y han comenzado a levantar murallas de protección frente a las cuales nosotros vamos quedando del lado de afuera.

Se dice y se repite -con demasiada facilidad y poca reflexión- que la misión de los políticos y la función de los partidos es aportar soluciones a los problemas de la gente; afirmación nacida de una generosidad asaz infantil (y de un desinterés presunto). Los problemas que eventualmente puedan presentársele a nuestra gente provenientes del descalabro de la economía mundial están absolutamente fuera del alcance de la protección del gobierno uruguayo, de cualquier dirigente político local y de la totalidad de nuestros partidos.

En los tiempos que corren preferiría que me llegaran, desde los ámbitos políticos y partidarios, voces serenas, no para decir que no nos va a pasar nada sino para asegurarnos que, llegado el caso, habrá quien nos convoque a enfrentar con entereza lo que pueda acontecer. Me gustaría comprobar la existencia de referentes colectivos con la talla necesaria, no para enjugar el llanto y acoger la queja y el pedido de auxilio, sino para convocarnos a la frugalidad, a la solidaridad y a la resistencia.

Me gustaría escuchar voces suficientemente acreditadas como para llamarnos a no perder la honra aún si perdiéramos la hacienda. Me gustaría ver en mi derredor nacional a dirigentes y partidos con porte de capitanes de la tormenta, corajudos y serenos, con capacidad para liderar y entusiasmar a un pueblo que lucha y no de presidir sobre una multitud que llora lo que ha perdido o que maldice como un tahúr la suerte que lo ha abandonado (como si se tratase de suerte).

No quiero a los que se ofrecen para darme soluciones a los problemas; prefiero al que me invita a enfrentarlos y abre la marcha. Los aguardo.

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