Dentro de la masa de ignorantes que pueblan este mundo, figuran en lugar destacado los miles de adolescentes que no estudian ni trabajan. Esa legión de inservibles (que no debe ser demonizada, según aconsejan ciertos sectores ilustrados) es ante todo víctima de hogares encabezados por padres a quienes la magistratura uruguaya confiere la categoría de responsables, ya que les entrega los hijos infractores toda vez que son procesados sin prisión. Pero al margen de esa confusión hay muchas otras, porque los jovencitos ignorantes confunden por lo menos dos cosas. En primer lugar, consideran que el uso de la fuerza bruta es sinónimo de superioridad, de coraje y hasta de heroísmo, además de ser un medio para conquistar el protagonismo que no logran por otros caminos más legítimos.
En segundo lugar, el agrupamiento en bandas agresoras les otorga la sensación de pertenencia a un núcleo del que carecen por haber nacido en familias disgregadas y por depender del azaroso relacionamiento propio de su vida en la calle. Considerando las múltiples violencias que derivan de esa intemperie, la lucha por sobrevivir se convierte en un combate bastante feroz, donde los extremos de conducta criminal y los episodios homicidas no son algo insólito sino cada día más habitual. No se necesita bajar a los niveles de marginalidad ni de indigencia para encontrar tales extremos, como lo demostró la muerte a balazos de un joven en la esquina de Luis Alberto de Herrera y Galarza, o los incidentes tumultuosos en escenarios deportivos.
Tampoco debe sorprender a nadie que esas bandas de iletrados incurran en actos vandálicos contra escuelas o liceos, porque a esos centros de formación se asiste para adquirir lo que a ellos les falta y se imparten las nociones que ellos consideran como algo ajeno, es decir los conocimientos que ellos no tienen y que por lo tanto pertenecen a otro mundo, cuya utilidad ignoran y cuyo valor intentan descalificar a través del ataque, el saqueo y la destrucción de material didáctico. Lo que por fuera parece un acto de barbarie inexplicable, es en verdad la guerra entre un sistema organizado en torno a la cultura y una embestida de los extraños por destrozar los símbolos de la estructura que no integran y cuya presencia física intentan borrar.
Sin quererlo, pero además sin llegar a descifrarlo, toda la ciudadanía está embarcada en ese conflicto. Algunas de sus batallas han tenido lugar en el Liceo 50 del barrio Casabó, institución a la que concurren diariamente unos 600 estudiantes, porque el establecimiento ha sido atacado a pedradas por bandas de adolescentes que tienen entre 14 y 17 años, y que además agreden a los alumnos con garrotes y hasta con perros pitbulls. Lo que merece especial atención es que no se trata de grupitos formados de modo casual, sino de bandas con cierta capacidad planificadora para descargar una furia que va transformándose en algo sistemático, frente a lo cual no han podido hacer nada los aterrados docentes ni las gestiones emprendidas por el personal liceal frente a las autoridades, cuya obligación de velar por el orden, asegurar la libre circulación y garantizar el derecho al estudio, parece admitir su derrota frente al desenfreno de los agresores y a la gráfica ascendente de sus operativos de terror.
Como se sabe, el caso del Liceo 50 no es un hecho aislado en un panorama montevideano donde esos focos se multiplican, extendiéndose a zonas cercanas, como la Ciudad de la Costa. La pregunta que está en el aire es si el ejercicio de la autoridad sucumbirá ante la amenaza de esa resaca juvenil de número y bestialidad ascendentes, que no sabe nada, no respeta nada ni aprende nada al margen de sus programas delictivos, o si encontrará en cambio la manera de reprimir, reeducar y rescatar el desperdicio de ese sector de una adolescencia a la deriva. Por el momento, una ciudadanía tan asustada como los profesores y funcionarios del Liceo 50, espera una respuesta de la que depende el futuro de esta sociedad en peligro.