El país en su lugar

Juan Martín Posadas

Cuál es el lugar del Uruguay no es pregunta fácil. Habría que formularla de otra manera, por ejemplo, ¿qué implicancias tiene la ubicación geográfica del Uruguay? Implicancias económicas, políticas, diplomáticas y demás. De ahí han salido todas las reflexiones y decisiones políticas referidas a la integración.

El Uruguay está donde está y sus vecinos son los que son: eso es un dato. La invocación a la integración subrayando los beneficios que esa política puede aportar suenan muy distinto en Brasil o en Argentina que en Uruguay. Esto es obvio. Para Brasil, que es un continente, la integración con Uruguay no le agrega ni le quita mucho. Algo parecido puede decirse respecto a la Argentina. Para el Uruguay la diferencia entre lograr una integración positiva o quedarse solo es mucho mayor.

Uruguay tiene condiciones de interés tanto para Argentina como para Brasil. Condiciones geográficas y culturales, políticas e históricas. Ellas van desde una ubicación estratégica con sus puertos naturales a la salida del estuario del Plata y de los grandes ríos hasta una tradición política de estabilidad y un marco jurídico serio.

Pero -y esto es fácil de comprender a poco que enfrentemos las cosas con realismo- las ventajas de Uruguay constituyen, a la vez, una competencia potencialmente irritante para los agentes económicos brasileros o argentinos. Lo que nos hace útiles o apetecibles ante nuestros vecinos nos hace también rivales. Se trata de una ley de la vida que debe ser tenida en cuenta tanto por nuestros gobernantes como por nuestros empresarios.

Es sobre todo importante que sea comprendido por nuestros diplomáticos. Actualmente la diplomacia por estas tierras ha pasado a ser una actividad básicamente histriónica y declamatoria, escenificada periódicamente en abrazos, palmoteos y tuteo público de gobernantes y cancilleres, entregada al ditirambo, la grandilocuencia y la foto. La verdadera diplomacia, la que sirve, es parca en palabras, discreta, sagaz y flexible. Para un país como el nuestro, la diplomacia no puede estar en manos de cualquiera ni ser objeto del reparto político.

Un Uruguay más desarrollado, como todos aspiramos que sea, se convertirá en un competidor con los vecinos en algunas áreas importantes, no obstante nuestra pequeñez relativa. No nos debemos imaginar como un simpático pequeño país que no molesta a nadie ni induce a otro trato de parte de los vecinos grandes que una condescendiente caricia en la cabeza.

La línea diplomática más consistente para nuestro país es la que concibió y sostuvo siempre Luis A. Herrera. País chico, país frágil, vulnerable, que históricamente ha atraído la atención de sus vecinos para inmiscuirse en nuestros asuntos internos. Las intervenciones, algunas abiertas y otras sutiles o por interpósitas personas, de Brasil y de Argentina, están consignadas en los textos de historia patria y en los diarios del día; es decir, son de antes y son de ahora. Un país chico tiene que ser un país alerta: debe vigilar hasta el último centímetro de su territorio y hasta el mínimo grado de su soberanía; siempre con buenos modos (suaviter in modo fortiter in re, como decían los clásicos).

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