Juan Martín Posadas
El trato que nuestro país ha recibido de parte de sus vecinos en los últimos tiempos ha hecho que muchos compatriotas vayan perdiendo las ilusiones que, en un tiempo, levantó el Mercosur. Varios elementos han jugado en este proceso de desencanto. Veamos algunos.
El Mercosur comenzó como un acuerdo económico de unión aduanera para dibujar un área de comercio libre entre los países signatarios del tratado. Así caminó un tiempo y nuestros vecinos se convirtieron en nuestros principales socios comerciales. Después soplaron vientos ideológico-poéticos, la región de la que queríamos ser parte pasó a ser toda la América del Sur y, entonces, la retórica ahogó la política y la sensatez.
La tan mentada hermandad de los pueblos americanos del sur proviene y se fundamenta, según algunos de sus impulsores, en un origen común. Tenemos la misma lengua, nacimos de un mismo vientre hispano y nos aglutinó la unificada administración colonial. A primera vista parece suficiente pero, bajo un segundo escrutinio, poco consistentes resultan estas razones para marcar un destino manifiesto de unidad. Los orígenes de Méjico, el Méjico actual, tienen algo de hispano pero mucho, muchísimo de indígena. Lo mismo se diga de Perú, Bolivia o Paraguay. Esos respectivos pasados nada tienen que ver unos con otros: no son un pasado común. Y son pasados poderosos, determinantes.
Para otros autores el llamado a la unidad no proviene de un pasado al que obedecer sino, más bien, de un futuro al que atender. Sostienen que sólo tendrán futuro las repúblicas americanas del Sur si se unen entre sí. Esta corriente de pensamiento, a primera vista más fundada y pragmática que la anterior, también se saltea elementos de la realidad. La diversidad geográfica, cultural y social, que a simple vista es patente, genera espontáneamente la competencia. La unidad o articulación armónica entre diferentes naciones no funcionaría sin una autoridad central y común. Es deseable la armonía y que las naciones de nuestro continente no se perjudiquen entre sí (triste memoria levanta la guerra del Pacífico, la triple alianza, la del Chaco, y tantos otros conflictos) pero no se puede inventar una disposición a unificarse que los pueblos resisten. A fuer de sinceros hay que reconocer que el único sentimiento común en toda América del Sur es el que existe contra la América del Norte.
Paradójicamente (o inevitablemente) las bases que se quisieron invocar como fundantes para construir esquemas regionales de entendimiento fueron debilitándose al impulso de quienes querían ampliarlas. El Mercosur tiene una causa de debilitamiento en los impulsos hacia la ampliación, primero indiscriminada (incorporación de Venezuela) y después en el franco delirio (Unasur). De la política se ha saltado al realismo mágico, algo tan característico de la literatura del continente como inapropiado para la política o el comercio.
En la cabeza de alguno de los entusiastas de la integración, el Mercosur quedó atrás: eso hizo que haya sobrevenido su decadencia antes de haber conocido el apogeo. Triste destino que deja a nuestros países en el desconcierto en que se encuentra este Mercosur de hoy.