DIEGO FISCHER
Luego de un largo viaje uno lo que más desea es llegar a su casa. El domingo pasado emprendí retorno a Montevideo después de diez días en los que con un equipo de filmación recorrimos gran parte de Suiza. El retorno, como la ida, fue largo, muy largo. Pero el objetivo que nos llevaba a Europa valía la pena: entrevistar a familias suizas cuyos ancestros, hace 150 años, viajaron a Uruguay para fundar Nueva Helvecia.
Confieso que hacía seis años que no viajaba a Europa y la última vez que lo hice fue a España en un vuelo sin escalas entre Montevideo y Madrid. Pero hoy las cosas han cambiado y mucho, a pesar de la notable cantidad de turistas que llegan, cada verano, desde Europa, son escasas las líneas aéreas que tienen a Uruguay entre sus destinos.
El viaje a la ida insumió 15 horas de vuelo: casi tres a San Pablo y 12 a Milán, para finalmente tomar un ómnibus que -dos horas más tarde- nos dejó en Lugano. Al vuelo propiamente dicho, hay que sumarle 8 horas más de espera en el aeropuerto de Guarulhos de San Pablo. Una enorme terminal en la que los pasajeros en tránsito son encerrados en un edificio gigante, con asientos incómodos, sin posibilidades de tener acceso a Internet (pese a que en todas las paredes hay carteles que dicen "área de wi-fi") y en la que son sometidos a una permanente tortura auditiva a través de los altoparlantes en los que se anuncian las partidas de los vuelos. La amplificación es pésima. Nadie entiende nada y es habitual ver a las azafatas y comisarios de abordo correr por la terminal gritando el nombre de los pasajeros que no han embarcado. ¿Por qué no funcionará allí el mismo sistema que hay en el aeropuerto de El Galeao de Río de Janeiro? En Río, locutoras propias de una radio de FM de primer nivel, hacen el llamado a embarque. Ni le cuento del olor a queso y fritura que como una nube cubre a toda la terminal paulista y que emana de los locales de comida rápida que abundan. Son miles de personas las que allí pasan diariamente a toda hora. Son miles también los que deben padecer largas esperas. Estando en Guarulhos uno se alegra de que Carrasco, luego de tantas promesas y años de espera, sea hoy la terminal modelo que es. Pero, siempre hay un pero, no todo funciona bien en Carrasco. Cuando uno regresa, como me sucedió a mí el lunes pasado a las 12 del mediodía, junto a unas trescientas personas más en un vuelo de TAM, debimos soportar 40 minutos de cola para pasar por Migraciones. Sólo tres funcionarios había en los 12 puestos. Aclaro que hacían su trabajo con agilidad. Pero eran tres para atender a más de trescientos pasajeros. Cuando me llegó el turno le pregunté a la funcionaria por qué había sólo tres puestos habilitados. La mujer amablemente, me respondió: el Ministerio del Interior hizo un concurso en enero y estamos esperando que designen a los que calificaron. No tuve dudas: había llegado a Uruguay, a mí país, y el Estado me daba la bienvenida.