FRANCISCO FAIG
Los dichos del diputado Amado sobre febrero de 1973 generaron fuertes críticas.
Hay un diagnóstico que muchos comparten. El crecimiento electoral del Frente Amplio se ha hecho en desmedro de las "alas progresistas" de los partidos tradicionales. En particular, el sector popular urbano colorado de Montevideo y Canelones fue seducido en estos años por la prédi- ca social de la izquierda y eso ha llevado al declive del otro-ra poderoso partido de José Batlle y sus asambleas.
Para volver a ser mayoría se precisa, en esa perspectiva, disputar esos votos y esa sensibilidad a la izquierda. Llenar de contenido socialdemócrata y popular al coloradismo. Defender un proyecto nacional distinto al "conservador blanco" y al "marxista frentista".
Es un diagnóstico que comparte la nueva generación colorada forjada en torno a Pedro Bordaberry. Amado en particular, hijo de un militar de la dictadura y formado en la facultad de ciencias socia-les de izquierda, es bordaberrista y se concibe ideológicamente sanguinettista-socialdemócrata. Como consecuencia de todo ello, y del talante del actual presidente, cree estar más cerca de Mujica que de Lacalle.
A esa nueva generación, así formada, nada le cuesta adherir a la tesis según la cual todos fueron responsables del golpe de Estado: los tupamaros, los militares… pero también "la clase política" de aquel entonces, corrupta, o al menos desentendida. Nada le cuesta, en definitiva, compartir la crítica interpretación tupamara de la democracia formal de esos años, que colabora en diluir las responsabilidades de la guerrilla y del exceso militar.
El diagnóstico electoral antedicho justifica, incluso, acordar mañana alguna medida gubernativa con la izquierda, que además, sirva para distanciarse del "conservadurismo blanco".
Sin embargo, creer que hay tres modelos de país y que puede reconquistarse el voto urbano copiando el talante mujiquista es omitir una dimensión profunda y grave de la política actual: el formida-ble proceso de acumulación frentista se hizo (y se hace) desde la minusvaloración moral de los enemigos blanco y colorado.
Por tanto, este voluntarismo colorado que quiere identificarse con la izquierda para recuperar terreno electoral será siempre sospechoso, por esencia, en el Uruguay del aeropuerto Benedetti.
Llama la atención, desde fuera, que se apele a este reflejo populista que desdeña grandes tradiciones coloradas: el sentido de responsabilidad de gobierno que está en su ADN partidario; la reivindicación de modernidad de José Batlle; el radical democratismo de Luis Batlle; la auste- ridad republicana de Óscar Gestido.
La tentación populista de la nueva generación colorada reniega de una identidad partidaria que forjó un país-modelo republicano. Es fruto de un diagnóstico errado, propio del rencor con el que el discurso académico dominante (el que formó a los Amado) trata a los colorados.
Busca, como un reflejo condicionado, divorciarse de Pacheco. Pero también se aleja, sin darse cuenta, de Vasconcellos.