De cabeza levantada

Es la única manera de poder andar por la vida. Sin correr el riesgo de no saber ubicarse en la posición correcta en el contexto, a tener en cuenta para lograr el objetivo que se persigue. Esa postura o disposición espiritual vale también para las actitudes políticas, aunque con los matices propios de la circunstancia que pueda estar viviendo cada uno de los centros de referencia de esa naturaleza que hay en el país. A la coalición gobernante le resulta muy difícil poder hacerlo, porque vive enredada en las permanentes tensiones de esa compleja gama de partidos, sectores, sindicatos y bases que se entretejen en la espesura de esa urdimbre burocrática, a veces impenetrable a las exigencias más elementales para movilizarse y dar un rumbo a la gestión. Está en la naturaleza de las cosas que sea así. El Frente Amplio nació padeciendo el vicio insubsanable de su heterogeneidad para el ejercicio de poder que, no sin dificultades, disimuló en su primer mandato pero afloró en toda su dimensión en este segundo período.

Pero en los partidos fundacionales aún con diferencias sectoriales, en sus respectivas internas, es mucho más fácil acordar en una posición de partido. Sus órganos de conducción y sus convenciones tienen otra agilidad. Actualmente, al Partido Colorado le facilitó las cosas la hegemonía de Vamos Uruguay sobre el resto.

Pero esa mayor facilidad existe también en el Partido Nacional, con una distribución de fuerzas más pareja. En sus dos sectores mayoritarios, la UNA y Alianza Nacional existen -como se analizó en el editorial del 19 de agosto ("Dos versiones para el firmazo")- particularidades propias de estilo y de práctica política, que son normales en cualquier otra colectividad, en la parte del mundo que sea. Eso naturalmente se traduce en discrepancias, como han demostrado tenerlas, por mencionar el ejemplo más reciente, Demócratas y Republicanos en EE.UU., entre ellos mismos, sobre un tema de suma gravedad como el aumento del límite de endeudamiento de la primera potencia mundial. Lo que los dirigentes nacionalistas no pueden permitir, es que por tener respetables posiciones divergentes respecto de un tema, en donde hay no una, sino varias bibliotecas, como en el caso de cuál debe ser la edad de imputabilidad del delincuente -y mucho más todavía, sobre su incidencia en la perspectiva general al analizar el problema de la seguridad- es convertir al Partido Nacional en la discordia del campo de Agramante. Hay una tendencia casi instintiva a verlo así, por un quítame de allá esas pajas.

Algunos analistas políticos observan que si el Partido Nacional acuerda con el gobierno, pierde nitidez su perfil opositor y que en la buena relación con la izquierda, cede su espacio natural que es del centro a la derecha. El pragmatismo político no existiría entonces. No hay ni una ni otra cosa, los blancos no son de izquierda ni de derecha, son blancos y punto. Wilson Ferreira en 1971 tuvo una excepcional votación con un programa de gobierno con ideas y propuestas que suelen tildarse de progresistas, en consonancia con la corriente que caracterizaba a la Cepal en aquella época. Pero no se puede caer en errores en el afán de simplificar, entreverando realidades. Otra simplificación deformante es la que califica al Partido Nacional como "conservador", pues los tres gobiernos blancos de la segunda mitad del Siglo XX fueron -y por diferencia- los más removedores y modernizadores de su tiempo. Progresistas en la real acepción del término.

Finalmente -y a quienes le caiga el sayo que se lo pongan-, no es admisible que entre los partidos fundacionales se haya generado en estos últimos días, un clima de asperezas y cruces personalistas. Por cuestiones que poco interesan al país en los tiempos que vivimos, mientras espacios del electorado que podrían serles comunes en una concertación electoral, parecen condenados a ser divididos en beneficio del verdadero adversario. En ese aspecto se justifica poner más énfasis aún, en la necesidad de levantar la cabeza y el punto de mira.

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