Los baños en la piscina del optimismo en que los voceros del gobierno se zambullen para practicar sus abluciones diarias, les impiden ver el daño que le están causando a las inversiones y a la vez al país con sus prácticas vacilantes. Acunados por las decenas de proyectos que, según ellos, invaden las oficinas pública y estimulados por los vientos que esperan de la ley que estableció la participación público privada, no pueden percibir los avisos negativos que regularmente están lanzando contra los portadores de dinero que han logrado salvarse de la crisis económica que sacude el mundo y que recorren las distintas plazas buscando un lugar tranquilo y seguro donde descargar sus alforjas.
Se trata de gente preparada, a la cual no se puede engañar con cantos de sirena, y que ante la más leve desconfianza, prefieren seguir de largo o mudarse de país. Apátridas por naturaleza, no le tienen temor a las migraciones y ante la duda que sus capitales corran riesgos no vacilan en cambiarlos de sitio buscando los lugares que más seguridad les ofrezcan. Ello ha llevado a que numerosos países se disputen la gran torta y que todos ofrezcan lo que consideran la mejor mesa.
Si uno de los inversores chinos que, desoyendo las promesas que le formularan las misiones oficiales que les fueron a vender un cuadro de Uruguay en el cual no creyeron, cruzara desde Argentina, -donde fundaron un Banco y sembraron miles de supermercados-, se enteraría, sólo leyendo los diarios, que ya a fines de junio los voceros del gobierno exhibían una impúdica obsesión impositiva por crear un nuevo impuesto sobre la tierra. Su interés en comprar un campo en nuestro país o establecer una explotación agro industrial se hubiera visto trabada cuando, desde el 20 de julio viene circulando la noticia dando cuenta que había dificultades para aplicar ese posible impuesto; que el 23 del mismo mes se anunciara que el proyecto estaba listo para enviarse al Parlamento, a la vez que se preparaban medidas adicionales contra la concentración de tierras y que seis días más tarde se aclarara que el mismo sería presentado el lunes siguiente.
Los lunes se sucedieron y se repitieron cansinamente con el anuncio de que sería inminente el impuesto al agro pese a no haberse logrado aún acuerdo con el equipo Astori (07/08); que el vicepresidente no había dado el sí y que el día siguiente sería clave para establecerlo (09/08) y que Astori había frenado el proyecto de impuesto a la tierra del MPP (11/08) lo que no impidió que doce horas más el Presidente de la República proclamara que el impuesto se concretaría. Tan frustrado como el posible inversor del cuento, el 12 de agosto él mismo anunció que el MPP "no se bajaba" de su propósito, mientras la empresa Montes del Plata y la aprobación parlamentaria de un Acuerdo con India y otro con Inglaterra ingresaban a la telenovela como nuevos protagonistas mientras el titular del Poder Ejecutivo, a través de una caricatura de Arotxa, aparecía tocando el arpa como música de fondo. El 13 de agosto los diarios amanecieron destacando que "había dificultades" para concretar el ya famoso impuesto; del 14 al 17, un funcionario del Ejecutivo recorrió distintos ministerios recogiendo firmas y el 19 se anunció que "en las próximas horas" se remitiría al Parlamento un proyecto respecto al cual no se había logrado ningún consenso, dejando en sus manos la solución de las diferencias.
Al momento de escribir estas líneas, no se sabe en definitiva qué va a pasar con el proyecto, salvo que hoy lunes, y tras 52 días de debate público, tal vez se destruya la amenaza de los lunes frustrados.
En algún momento de la trama, el vicepresidente señaló que la caída de diecinueve puntos en la aprobación de la gestión del gobierno constituía un llamado de atención y otros agregaron que dentro del Frente Amplio, sacudido por las minorías del Partido Comunista, estaba haciendo falta un debate ideológico. Antes que todo eso, lo que hace falta son unas clases sobre cómo se debe gobernar y un curso intensivo sobre cómo no correr a los inversores.