Luciano Álvarez
Pocos episodios históricos han sido tan novelescos, legendarios y mistificados como las invasiones inglesas al Río de la Plata (1806-1807): abundan héroes, cobardes, traidores y espías, batallas, un sitio y el pueblo en armas que derrota al invasor por sus propios medios, toma conciencia de sí mismo e inicia el inexorable camino hacia la independencia. En los lejanos años de la escuela era lo más cercano a las películas de piratas que alimentaban la imaginación y libretaban nuestros juegos. ¿Cómo no entusiasmarse con "la muy fiel y reconquistadora" ciudad de Montevideo cuyo pueblo, nos contaba H.D, "ardía en tales ansias de marchar contra esos herejes […] que arrastró al cabildo y al indeciso gobernador Huidobro a emprender la reconquista de Buenos Aires." ¿Cómo no indignarse ante el "Cobarde e inepto Sobremonte" y admirar al gallardo Santiago de Liniers?
La lección de Historia Patria era concluyente, no así la aproximación historiográfica a los verdaderos sucesos.
El 24 de junio de 1806, el Marqués de Sobremonte, virrey del Río de la Plata, festejaba el cumpleaños de su yerno asistiendo a una representación de "El sí de la niñas" de Leandro Fernández de Moratín. La precisión no es irrelevante. La obra -el mayor acontecimiento teatral de su época- se había estrenado solo cinco meses antes en Madrid. En ella, Moratín se afiliaba a los valores de la Ilustración, desafiaba el orden establecido, criticaba los matrimonios por conveniencia impuestos por la autoridad de los padres, y vindicaba el amor.
En medio de la representación, Sobremonte fue advertido que los ingleses estaban desembarcando en Quilmes. Dice la leyenda que huyó más rápido que ligero abandonando Buenos Aires a su suerte. "Dígale usted al comandante de la plaza que si tiene tropa y armamento que la defienda, y si no que la entregue", dicen que dijo, para indignación de los muchos historiadores que sostienen, palabra más, palabra menos, que la ciudad "hubiera podido ser defendida desde las casas y azoteas y pelear aunque más no sea por el honor y la dignidad".
La verdad histórica indica que Sobremonte actuó con prudencia, evitando muertes inútiles y de acuerdo a un protocolo de defensa diseñado en 1797 que implicaba no encerrarse en una improbable defensa de la ciudad sino ganar la campaña y desde allí hostigar al enemigo. Más precisamente, el Virrey no huyó sino que se replegó a Córdoba, que era "plaza de armas" y de la cual había sido gobernador durante más de una década. Allí organizó un ejército.
Mientras, los ingleses aprovecharon sus contactos y la venalidad de varios comerciantes de primer orden para apropiarse de los tesoros, abastecerse y hacer negocios. Martín de Sarratea, León Altolaguirre y Lázaro de Rivera organizaron un gran banquete en su agasajo para agradecer la devolución de las naves de cabotaje que usaban para su comercio. Estos hechos disimulaban la indignación y rebeldía de buena parte de la población.
En Montevideo, el pueblo se exaltó ante la perspectiva de emprender la Reconquista de Buenos Aires. Santiago de Liniers llegó a esta ciudad el 16 de julio y una semana más tarde salió por el Portón de San Pedro rumbo a Colonia, con 726 efectivos, entre los vítores de la población que había recolectado una importante suma de dinero, víveres y apoyo logístico. Más tarde se le sumará un contingente porteño. El 10 de agosto están a las puertas de Buenos Aires. El capellán Dámaso Antonio Larrañaga, dice misa antes de emprender el ataque y dos días más tarde, contando ya con 1860 hombres derrotan a los ocupantes, quienes sufrieron las bajas de 3 oficiales muertos y 46 hombres de tropa; 7 oficiales heridos y 101 hombres de tropa. Los reconquistadores tuvieron 52 muertos y 127 heridos.
El 16 de agosto, mientras avanzaba sobre Buenos Aires con tres mil hombres, Sobremonte fue enterado de la reconquista; también de la inquina de los porteños, supuestamente abandonados a su suerte.
En medio de los festejos, el cabildo de Buenos Aires envió un oficio a su par montevideano manifestándole que "no halla expresiones con que manifestarle su gratitud. Cuanto pudiera decirse es nada con respecto a los sentimientos que le asisten". Al día siguiente el virrey envió otra nota en términos similares. Nacía el título de "La muy fiel y reconquistadora".
Pero el idilio duró apenas diez días. Cuando los montevideanos pretendieron hacerse de las banderas inglesas como trofeos de guerra y honor, el mismo Cabildo de Buenos Aires sostuvo que "era una temeridad pretender arrogarse la gloria de una acción, que ni siquiera hubieran intenta- do los de Montevideo, de no contar con la gente y auxilios que estaban dispuestos en Buenos Aires..." El Cabildo montevideano reclamó ante la corte española. Ésta le concedió el famoso título y el derecho a incluir en su escudo de armas las banderas ingleses que apresó en la reconquista. A falta de los originales había que contentarse con su dibujo.
Si la primera invasión había sido una aventura casi corsaria de Sir Home Popham, la segunda sería una acción en forma, seguida con atención por la opinión pública británica. Sir Walter Scott, el célebre novelista, autor de Ivanhoe y Rob Roy, dejó varios testimonios. El más temprano se publicó en "The Edinburgh annual register" de marzo de 1808 y más tarde en su "Vida de Napoleón Buonaparte, emperador de los franceses" (1827) donde hace un análisis no exento de lucidez: "Nuestros principales mercaderes e industriales, entre sus sueños comerciales, habían imaginado como un mercado ilimitado para ellos las inmensas llanuras que rodean Buenos Aires, pobladas en realidad `por una suerte de cristianos salvajes` llamados Guachos (sic) cuyo principal moblaje consiste en cráneos de caballos, cuyo único alimento es carne cruda y agua, cuyo único empleo es atrapar ganado salvaje, enlazándolo por medio del lazo del guacho y cuya diversión máxima es cabalgar en los caballos salvajes hasta matarlos. Infortunadamente, encontraron que ellos preferían su independencia nacional a los algodones y muselinas."