Debe destacarse la organización de una serie de actos para conmemorar los 175 años de la fundación del Partido Nacional que van desde una emotiva obra de teatro de la minuana Teresa Deubaldo, en la cual recrea el drama de una madre que ve partir a su hijo para incorporarse a los patriotas que siguieron en su epopeya a Aparicio Saravia, hasta un acto académico en el Cabildo y una celebración desde donde gobernó Oribe en las épocas de la Guerra Grande hasta la promoción de un Memorial de la Esclavitud en honor de quien dispuso su abolición ya en los viejos tiempos de 1842.
El mérito mayor se encuentra en haber llevado el Partido a la calle para decirle, a los miles de ciudadanos que reclaman su presencia, que el Partido está vivo, cargando con una hermosa tradición y dispuesto a mantener en alto las banderas por las que muchos ofrendaron su vida y a la que tantos contribuyeron con sus ideales y su acción. Para probarle a quienes todavía creen en cantos de sirena, que en el Uruguay existió un Partido que junto con el Partido Colorado -hay que reconocerlo- armó un país para correligionarios y adversarios, logrando a través de un liberalismo social, lo que muchos creen haber descubierto en pleno siglo XXI.
El problema mayor se encuentra en los jóvenes, que aplastados por el tsunami de una falsa historia reciente, no reciben una enseñanza seria de la historia, y a los cuales se les retacea el pasado lejano y se les ocultan los hechos más cercanos, pretendiendo hacer creer que el mundo comenzó con los mistificadores, de la misma manera que la revolución comunista hiciera con los zares, abriendo un régimen más sangriento y creando más pobres que los que ya existían.
En ese aluvión de sombras hay hombres y obras, y -aún sabiendo que todo rescate se encuentra con el límite de la memoria y en este caso también con el del espacio- pese a ello, no pueden ignorarse los de Roxlo y Carnelli, pioneros en materia de previsión social; ni al inolvidable Washington Beltrán; o Martín C. Martínez, el hombre de Estado más completo que tuvo el país de su tiempo; o Eduardo Rodríguez Larreta, defensor de la democracia y la paz; o el coraje intransigente de Leonel Aguirre; o Alberto Gallinal con su plan de viviendas rurales y el Mevir; o el Ing. Giannattasio que sembró el país de rutas, carreteras y caminos, o el de Dardo Ortiz, uno de los grandes ministros de Economía, al cual aún se le debe el homenaje de que una calle de Montevideo lleve su nombre como lo reclamara la Convención del Partido del 27 de mayo de 1990. Ni al Ing. Héctor Del Campo o a Ariel de la Sierra, ni a la maravillosa juventud que siempre acompañó al Partido, desde aquella de "Divisa Blanca" lista 400, en jornadas que no se habían visto desde la época de Lavandeira.
Y en el campo de las obras, las rescatadas prolijamente por nuestro siempre presente Washington Beltrán en su libro "Pamperada Blanca" y por el Cr. Juan Eduardo Azzini en su "La reforma cambiaria", debiendo mencionarse especialmente el impulso a la integración, la creación de la CIDE, el presupuesto por programa, la escala móvil y, como lo recordara la diputada Ana Lía Piñeyrúa, el reconocimiento del aguinaldo, la instauración de la prima por antigüedad, por nacimiento y por matrimonio, la desmonoplización de los seguros y el impulso a la actividad portuaria, agregando que ya en 1965 se había asignado el 4% del PBI para la educación. En el campo de las frustraciones hay que inscribir la ley de empresas públicas promovida por la administración Lacalle, bombardeada por el maridaje colorado-frenteamplista que salió a defender las "joyas de la abuela" y a atacarla perversamente. Era el mismo Frente que hoy la rescata a través de la ley de cooperación entre privados y públicos, a la que nadie le reconoció que es hija natural de aquella iniciativa. Parafraseando lo que dijo El País en su primer número, puede clamarse hoy que, ante la incapacidad del Frente Amplio en el gobierno, debemos tender otra vez, tanto a nivel nacional como departamental, al Partido Nacional con el país.