Tercer batllismo

FRANCISCO FAIG

Hay varias dimensiones que llevan a pensar a distintos analistas que este ciclo de gobiernos del Frente Amplio puede entenderse como una suerte de tercer batllismo en la historia nacional de larga duración.

Primero, porque la izquierda es un partido con mayoría propia cuya principal preocupación es encontrar acuerdos internos para poder gobernar. Como en los años de José Bat-lle y sus tremendas disputas partidarias; como en los tiempos de Luis Batlle y sus fuertes diferencias con la lista catorce.

Segundo, porque ya sea por complejos mecanismos electorales (como en los años veinte) o por configuraciones partidarias averiadas (como en la división nacionalista de los cuarenta-cincuenta), la oposición política pena hoy como ayer por hacerse de un escenario electoralmente favorable.

Tercero, porque los batllismos se extendieron en tiempos de crecimiento económico -dispar y desparejo, pero crecimiento al fin- y los años de gobiernos frenteamplistas han sido los de mayor bonanza que se registre en la historia del país.

Coincide también la voluntad de fortalecer el Estado siempre: en las reformas de José; en el clientelismo pertinaz de Luis; en el corporativismo ideológico-estatista arraigado de la izquierda y su multiplicado clientelismo.

Por último, los tres batllismos tienen fuertes sentidos de identidad colectiva. El primero, sin duda, que sirvió además de modelo restaurador para el segundo. Y el de la izquierda de hoy, desde su extensa hegemonía cultural, su legitimación casi monopólica del relato histórico del último medio siglo, su perseverante proyecto de reconfiguración ética y estética de la política nacional.

En cada tiempo batllista hubo una oposición nacionalista vigorosa. En el primero, resistiendo el embate jacobino del poder desde la conjugación del liberalismo y el fortalecimiento de la institucionalidad democrática-individualista y moderna. En el segundo, denunciando los errores y los excesos que terminaron con un país ensimismado y en bancarrota en 1958.

A lo largo del siglo XX, hubo un camino hecho por los Beltrán, Herrera, Azzini, Ferreira y Lacalle, que supo, en cada circunstancia, conjugar liberalismo, república, nacionalismo y modernidad.

Frente al batllismo del siglo XXI no alcanza con denunciar el descontrol del gasto público; la interminable carrera clientelista; la programada reescritura de la historia; la asfixiante hegemonía cultural autocomplaciente y provinciana; los desbordes institucionales; las amenazas a las libertades individuales; la grave ineficiencia de algunas políticas públicas del gobierno del Frente Amplio.

La idolatría hacia las mitológicas buenaventuras de los batllismos es muy potente en la cultura nacional.

Para enfrentar a tan poderoso como extendido ideal de fábula, se precisa un acendrado convencimiento liberal y republicano que explique que es posible tomar un camino plural, libre, tolerante, abierto al mundo, moderno, que se preocupe por el individuo a la vez que sea solidario de verdad, y que no es el de este tercer batllismo.

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