El mal avanza

Teniendo en cuenta las atrocidades del nazismo, en dos de sus libros, Hannah Arendt alude a la banalidad del mal, ante la cual las palabras y el pensamiento se sienten impotentes. El reciente atentado terrorista que tuvo lugar en Noruega debe considerarse otro ejemplo de esa banalidad. Como complemento, es oportuno recordar que en un acto organizado por el Comité Central Israelita recordando el 17º aniversario del atentado terrorista contra la AMIA (organización de asistencia judía) en Buenos Aires, hicieron uso de la palabra el Dr. Leonardo Guzmán sobre "La alternativa última del hombre" (emocionante) y el Prof. Daniel Vidart sobre "el terrorismo, el mal del siglo", señalando que en los atentados ocurridos en el último decenio, más del 80% de sus ejecutores fueron musulmanes. Veinticuatro horas más tarde, con el doble atentado que tuvo lugar en Oslo, esa afirmación se vio alterada ya que al confeso autor se lo califica como un "cazador de marxistas" y un "fundamentalista cristiano" mientras otros aluden a una "inspiración ultraderechista", con lo cual, aquel porcentaje a que aludía el Prof. Vidart habría alterado su órbita y el terrorismo se habría desbordado hacia otros cauces, lo que no deja de ser una preocupante comprobación. Todo ello sin perjuicio de recordar que ya Noruega había sido individualizada por Ayman al Zawahri, triste sucesor de Al Qaeda, como uno de los posibles objetivos de ataque.

El terrorismo es uno de los peores, si no el peor flagelo del siglo XX y lo que está transcurriendo del siglo XXI, y al amparo de su sorpresiva forma de manifestarse y de la ubicuidad con que puede moverse, despliega sus efectos causando estragos que pueden afectar a miles de vidas, ante la impotencia de los gobiernos de neutralizarlo y de los particulares para defenderse. Ni aún el hecho de presumir que en cualquier lugar y momento puede tener lugar un atentado terrorista y que aún -en un macabro ejemplo-, a alguien se le puede ocurrir lanzar un aparato explosivo en nuestra Plaza Independencia, ha permitido encontrar medios eficaces tendientes a enfrentarlo, por lo cual, ante este nuevo ejemplo que se agrega a una larga lista y del que surge que el mal ha desplegado sus raíces, debe considerarse ineludible profundizar el estudio de mecanismos para lograrlo.

Es cierto que en los últimos tiempos se han aprobado numerosos textos con ese propósito, dentro de los que merecen destacarse, entre otros, el Acuerdo entre Gran Bretaña e Irlanda estableciendo un Consejo para manejar los problemas de seguridad interna; el Convenio entre Turquía y los curdos con el mismo fin y una serie de "Hojas de ruta" tendientes a la búsqueda de soluciones en el Medio Oriente que se han manejado con relativo éxito. Ello no impide señalar que en la hora de las responsabilidades no estén ajenos países como Venezuela e Irán, convertidos en puerta de entrada y en boca de suministro de armas, lo que ha sido reiteradamente denunciado. A ello debe agregarse la pretensión del gobierno iraní de convertirse en una potencia nuclear, al margen y desconociendo el alcance de las declaraciones y resoluciones de organismos especializados de la ONU, así como la actitud de desentendidos con que otros países observan el fenómeno al amparo de un trasnochado antiimperialismo que no les permite evaluar las dimensiones de esa posición.

Felizmente, en el caso de Noruega, el Primer Ministro declaró que los atentados "no destruirán la democracia", ni "nadie podrá reducirnos al silencio o hacer que tengamos miedo" en una actitud que los demás gobiernos de la Comunidad de Naciones deberían apoyar y compartir, con hechos y no sólo con declaraciones, cerrándole el paso a todas las formas de manifestarse.

El terrorismo no será derrotado con armas, ya que los adversarios tienen a veces más armas que los atacados, sino que se destroza con una acción similar o superior en sentido contrario, dentro del marco legal de cada país, animados todos de un espíritu solidario universal.

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