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En los últimos meses, las diferencias internas en el Frente Amplio tuvieron consecuencias graves sobre la gobernabilidad del país. Las dimensiones del problema son numerosas y conocidas. Baste recordar aquí algunas de ellas: la insistencia en una anulación de la ley de caducidad que terminó fallando; la inconcebible demora en la aprobación de la ley de asociación pública y privada; la parálisis de la reforma legal para potenciar AFE; la inexistencia real del plan de vivienda presidencial Juntos; las contradicciones en políticas de cambios tributarios anunciadas sin mayor estudio; el malestar presupuestal y funcional del estamento militar; las desavenencias en la cúpula de distintos ministerios -ganadería y economía han sido los más notorios-, y la gravísima desidia en la política de educación pública.
El Frente Amplio ganó elecciones sin nunca criticar sus herencias intelectuales leninistas y sus modelos de sociedad del socialismo real. Simplemente, condujo una política de acumulación de voluntades dispersas cuya unión radicaba en la voluntad de triunfar. Es ahora, enfrentado a las dificultades del ejercicio del poder y sufriendo una caída en la popularidad del presidente, que la izquierda parece querer entrar en un proceso de crítica interna, en el que algunos llaman a la "refundación frenteamplista".
Sabido es que el problema de renovación esencial de la izquierda pasa por contener las propuestas de sus sectores que miran con nostalgia al estatismo del Uruguay del pasado y al socialismo soviético. Cualquiera que ande por el mundo sabe que las detracciones a las exportaciones, el frigorífico nacional, el impuesto a la tierra y otras tantas medidas de este tipo, económicas y sociales, no son solución alguna para propender a la prosperidad nacional. Sin embargo, viejos dirigentes comunistas en particular, y otros compañeros de ruta, insisten en tomar esos caminos.
¿Por qué no logra la izquierda minimizar esas propuestas radicales para que reflejen, en todo caso, el escaso apoyo popular con el que cuentan, y dejar así que el rumbo del gobierno sea dirigido por una izquierda más pragmática y moderna? Porque detrás del énfasis comunista está el convencimiento normal del militante frenteamplista.
Durante décadas la izquierda dejó que se asentara una visión del mundo y una propuesta de gobierno que tildaba de piratas a las inversiones extranjeras; que se ufanaba de representar la esencia de lo bueno frente a lo corrupto tradicional; que buscaba en un pasado idealizado las respuestas a los problemas del presente.
En todos estos años, no hubo un solo alto dirigente frenteamplista que hiciera pedagogía política en un sentido moderno y pragmático. Cuando el ejercicio del poder los hizo virar de rumbo, las bases crujieron y quedaron resentidas por el brusco movimiento contradictorio.
Así fue que el triunfo en la interna de Mujica se apoyó en esa identidad frenteamplista-izquierdista lastimada, con la promesa de la "profundización de los cambios". Y así es como, hoy en día, sin consolidación de proceso alguno que quiera mirarse en el espejo de una sinceridad ideológica que precisa de modernización, el precandidato Vázquez hace el mismo ejercicio que Mujica en su momento. Se apoya en la estructura militante que ya existe; la refuerza desde la reivindicación de la unidad; deslegitima todo proceso de reestructura que quite protagonismo a las viejas y anquilosadas propuestas y se posiciona como ineludible figura de triunfo.
La economía crece como nunca y eso permitió, en todos estos años, relativizar las diferencias internas de la izquierda. Sin embargo, las actuales dificultades del gobierno desnudan fallas esenciales de un Frente Amplio en el que domina la interna un pensamiento militante ideológico anquilosado y nostálgico. Lamentablemente, a pesar de algunos reclamos, nada permite presumir que el partido de gobierno esté dispuesto a encarar su tan demorado como necesario proceso de modernización ideológico.









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