Como no podía ser de otra manera, el pueblo oriental festejó a lo largo y a lo ancho del país, el triunfo futbolístico del pasado domingo. Una alegría contagiosa hizo presa de todos, aun de aquellos que hasta ese momento pudieran tener un interés reducido por el deporte favorito de los compatriotas. Cosas comprensibles ante la magnitud de la hazaña.
Y sin embargo, hubo otros. Inadaptados que aprovecharon la circunstancia para actuar como patotas, para destruir, para ser vergüenza nacional. Son los que dejaron el saldo de 34 ómnibus dañados a pedradas y siete policías heridos. Los que quemaron y vandalizaron contenedores de basura y semáforos. Los que aparentemente creen que de esa manera festejan, que de esa manera se destacan, sin advertir que en realidad horrorizan.
¿Cómo imaginar que lo que iba a ser una fiesta tendría estos ribetes sombríos? El estadio debía ser alegre punto de encuentro.
Sin embargo, allí fueron lesionados los agentes policiales. Uno con un corte en una pierna. A otro le dieron un botellazo. Cinco más quedaron con contusiones y moretones por golpes y pedradas. Los ómnibus circulaban pacíficamente pero ante las agresiones sus conductores suspendieron el servicio y fue así que dejaron sin transporte a la población. Todas formas de distorsión a las que se sumaron las creadas por los rapiñeros de siempre.
Dentro de la dimensión de la nación y su población, todo esto refleja el accionar de absolutas minorías. Sin embargo, esta barbarie no puede ser pasada por alto. Tiene que quedar evidenciada y los culpables tienen que entender que reciben la condena más amplia imaginable de parte de la enorme mayoría de los uruguayos.