El hábito de tramar conspiraciones causa en sus protagonistas una tendencia a verlas en todos lados. Eso es tener una mentalidad conspirativa a través de la cual la realidad nunca se aprecia tal como es sino buscándole tres patas a la sota. En nuestro país, la izquierda gobernante adolece de esa manera tan peculiar de mirar las cosas tal como lo prueba en estos días.
Primero fue la senadora Lucía Topolansky que creyó detectar un complot de los medios de comunicación contra el gobierno de su esposo. Apenas habló, una avalancha de datos de la realidad sepultó ese aserto para probar que el oficialismo cuenta con un gran aparato propagandístico, medios de comunicación incluidos. Después, la intendenta Ana Olivera, esbozó la temeraria tesis de que quienes desperdigan la basura de los contenedores son agentes políticos. Según sus propias observaciones, no son los hurgadores comunes ni los conductores de carritos quienes tapizan las calles de Montevideo con desechos sino opositores embozados que buscan sabotear la gestión municipal.
También el senador Ernesto Agazzi adhirió a la teoría conspirativa cuando dijo que quienes abuchearon al presidente Mujica en el acto del 18 de julio no eran simples retirados quejosos sino "militantes con disfraz de jubilados" conjurados para deslucir la conmemoración.
Por último, Tabaré Vázquez apeló a ese recurso al llamar a la unidad de la izquierda advirtiendo con el ceño fruncido que "la derecha nos quiere dividir", un complot inexistente pues es obvio que el Frente Amplio se las arregla bien por las suyas en esa materia.
Conspiradores al fin, creen -o aparentan creer- que el complot contra el gobierno acecha en todas partes.