Leonardo Guzmán
La inminencia del 18 de Julio impone en este 2011 una meditación profunda y renovada, porque renovados son los embates contra los pilares de la Constitución.
El último: se mandó a flotar por los aires la teoría -de una parlamentaria oficialista- según la cual el Poder Ejecutivo "es el que manda", el Poder Legislativo "está bastante subordinado" y el Poder Judicial "está allá al costado" y debe mirarse "como un poder político del Estado y no como una suerte de poder autónomo". Tal tesis sería apenas el extravagante motivo para un bochazo en Introducción al Derecho si no perpetrase una profanación del texto y las bases doctrinarias de la Constitución Nacional.
El Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de la Empresa, Prof. Ruben Correa Freitas, respondió: "Nunca pensé que una vez restablecida la democracia en el año 1985, tendríamos que referirnos a la independencia del Poder Judicial. Y menos aun, tener que salir a defenderla como uno de los valores esenciales no solo del Estado de Derecho, del sistema democrático de gobierno, sino como garantía fundamental de las libertades públicas y de los derechos humanos." Y agregó: "Estamos viendo una película que ya vimos con el tristemente recordado Acto Institucional Nº 8 de 1977, por el que se pretendió eliminar al Poder Judicial como uno de los Poderes del Estado, pasándose a denominar Administración de Justicia, y la Suprema Corte de Justicia pasó a ser simplemente Corte."
Concordamos con el catedrático de Derecho Constitucional tanto en su sorpresa como en su amargo recuerdo del Acto Institucional que firmó Aparicio Méndez y en su luminosa invocación de las enseñanzas del Barón de Montesquieu en El Espíritu de las Leyes. Duele que haya que volver a explicar lo elemental como si fuera por primera vez: pero hay que hacerlo, porque los principios de la libertad política deben renacer en cada generación y hasta en cada instante, pues el Derecho sólo rige allí donde por él se lucha sin pausa.
Y además, debemos saber que detrás de estos dislates no está el capricho de una oradora mal informada sino la prédica de quienes han venido empecinándose en reducir el Derecho a un mero marco formal para un juego de intereses y poderes donde el Estado tiende a confundirse con el lema gobernante, donde se deja a la persona en cono de sombra y donde se acepta la concentración del poder público como un dato sociológico inevitable. ¡Solo desde tan inmensos errores puede borrarse de un plumazo la historia nacional de las luchas ciudadanas contra los desbordes de las presidencias y ventilar la tesis de que el Presidente tiene más poder que la Justicia!
Por esa vía, la legalidad arriesga convertirse en la nada mal dialogada.
Pero felizmente el Derecho renace como respuesta en los sentimientos y la lógica de las conciencias. Venciendo perplejidades y asombros, los desvaríos pasarán. Y los protagonistas seguirán sintiendo, hasta en el menor de sus actos, que el Judicial es, más allá de dificultades y debates, un Poder constitucional asentado sobre una estética de la conducta y una ética de la autoridad más que del poder.