Lo que debe ser, ser debe

Leonardo Guzmán

Cuando el lunes la Filarmónica terminó "La Noche de los Mayas", el público que abarrotaba el Solís prorrumpió en ovación y la propia orquesta quedó asombrada de sí. La obra de Revueltas es original y difícil; sorprenden sus sonoridades; une tradiciones indígenas y sinfonismo; incorpora percusiones de "Sonoras" a la música culta. Pues bien. La interpretación de hace tres días, al unificar las partes en la armonía del conjunto, elevó los ánimos al clima de grandeza y luz donde el espíritu se fecunda con la alegría de cumbres alcanzadas.

Allí estuvo presente la maduración de la orquesta municipal, que creció de la vigorosa mano de Federico García Vigil y que se integra con muchos de los músicos de la Ossodre pero funciona con menos conflictos y más apoyos.

Y allí estuvo la inspiración del director Francisco Rettig, quien regresó después de casi tres años de ausencia, y, como todo gran maestro, hace arte desde conceptos claros: ni aturdir ni deslumbrar; ni mover admiraciones distantes ni solo entretener.

El arte es camino hacia la trascendencia: nos enseña proporciones y nos muestra que podemos sobrepasar metas, porque siempre hay más allá de lo imaginado y porque el resto no es silencio. El arte invita a la audacia de pensar -el "sapere aude" kantiano. Para eso, no usa los abigarrados códigos de los filósofos profesionales sino el lenguaje llano que nos lleva de los refranes a las coplas, y de los ritmos y el fraseo a la lógica y el conocimiento.

Rettig tiene un lema que es válido para ejercer todo arte, empezando por el de vivir: "Lo que debe ser, ser debe". No es un juego de palabras. Sintetiza el axioma básico de toda pedagogía que busque llegar lejos. Llama a que el pensamiento opere sobre la realidad, en vez de divagar. Convoca a realizar esfuerzos máximos, de modo que, como enseñó Kipling, llenemos el minuto implacable con sesenta segundos de distancia recorrida.

En el Uruguay, nos hace falta retomar la avenida que lleva de los sentimientos grandes a la autoexigencia. Curtidos por dictámenes de expertos internacionales, solemos olvidar todo lo noble que construyó el país cuando, con menos libros y menos estadísticas, vibraba con mejor conciencia de que los deberes son imperativos concretos: época en que el yo fuerte no era, como ahora, un promedio para llenar requisitos de imagen impuestos desde afuera sino afirmación última de la personalidad propia.

Entre los casi siete mil millones de habitantes del Planeta, nuestros rabones tres millones y medio son apenas el 0,0005%: medio milésimo.

Quiere decir que en cada diez mil pobladores de la Tierra hay solo cinco uruguayos. Demasiado pocos en un mundo enfermo de cuantofrenia; pero son suficientes para sentir el hambre de tutearnos con lo mejor de lo humano.

El bochorno de que 7 de cada 10 alumnos ingresados a Ingeniería no puedan identificar la idea básica de un texto -Búsqueda de ayer- y la desgracia de constreñirnos a pescar apenas en una pecera -Presidente Mujica de anteayer- quedarán definitivamente atrás si, dejando polémicas estériles, abrazamos a permanencia ideales que nos aclimaten en la altura.

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