JORGE ABBONDANZA
El mundo de las apariencias es más convincente que la verdad, porque resulta más fácil manipularlo que modificar la realidad. Por eso existen los asesores, dedicados a retocar la estampa de los jefes de Estado con detalles favorables como los zapatos elevados de Sarkozy, el nuevo peinado de Dilma, las chaquetas étnicas de Evo o el luto de Cristina. Tras la vidriera existen también los fotógrafos dispuestos a elegir la luz para captar el mejor perfil de las personalidades; asimismo los escritores fantasma, para hacer creer que un actor o una celebridad del gobierno son capaces de redactar su autobiografía o escribir sus discursos. En ese plano de espejismos las ideas y habilidades ajenas son fagocitadas por los poderosos, que pagan sus servicios para cerrar su trato.
Ese selecto mercado incluye a los especialistas en relaciones públicas, capaces de confeccionar listas de lustrosos invitados para jerarquizar la fiesta de alguien interesado en trepar por la escala mundana, el circuito de la farándula o la nomenclatura política, aunque el anfitrión ni siquiera conozca a una parte de esa concurrencia, que también debe ser recompensada. Pero en esa esfera de simuladora compraventa han surgido algunas novedad.
Porque The Times de Londres aclaró en qué consiste la ocupación de los flamantes restauradores de prestigios maltrechos, o "fabricantes de reputación". Se encargan de tapar un escándalo, cobran miles de libras para que otro ocupe la carátula de revistas, manejan muchas páginas de redes sociales para aceitar la fama de alguien, y también lo hacen para estropear la efigie de un enemigo. Así funciona el universo promocional que mueve las cosas públicas y privadas, como semblante de una actualidad donde se cocina la realidad paralela, que cautiva a buena parte de la gente. Allí escasean los héroes pero abundan los crédulos, los disfrazados y los mercaderes.