Con el paso del tiempo, las sociedades sufren muchos cambios visibles, que en los mejores casos equivalen al crecimiento o el desarrollo. Se transforma la edificación de las ciudades, las vías para acceder al conocimiento, los recursos técnicos que maneja el hombre, los campos donde opera la ciencia y hasta la ropa que lleva la gente. Pero los cambios más profundos se producen en las cosas intangibles, desde el uso del idioma hasta la conducta de los individuos y las normas de convivencia que caracterizan a cada época. Cambian los gustos populares, las disciplinas laborales y los hábitos de esparcimiento, pero también las formas de expresarse colectivamente y el estilo para relacionarse con los demás. Cambia asimismo el papel desempeñado por la violencia (de acto o de palabra) en ese ámbito social, y el peso que tienen los derechos y obligaciones en la conciencia de cada uno.
Cuando se analizan esos cambios, se descubre que son la consecuencia de otras mutaciones en la formación que se recibe, en el ámbito familiar o vecinal que se comparte y en los valores que se heredan de padres a hijos, de manera que las transformaciones en todas aquellas tendencias responden a causas generadoras todavía más hondas, las que se relacionan con la severidad (o el descuido) de una educación, el concepto de autoridad moral que se transmite en el marco doméstico, los niveles de protección o desamparo que puedan darse allí, el compromiso que se asume para cumplir con ciertos principios o el simple reconocimiento de la importancia que cobra el buen comportamiento a través de las edades de la vida. En esa aceptación están implícitos otros factores, cuya presencia es decisiva para que los cambios tengan un respaldo saludable, como el respeto por el prójimo, la estima por las ideas ajenas (no sólo por las propias) y finalmente el aprecio por un clima de concordia y por el espíritu democrático que se basa en la tolerancia, fuente abastecedora de toda armonía social.
Pero la transmisión de los valores puede alterarse, las tendencias colectivas pueden desbordarse, el rigor de la educación puede quebrarse, el manejo de las ideas puede enajenarse, el apoyo moral puede perderse, la imagen de autoridad puede evaporarse, de manera tal que la conducta de los individuos llega a extraviarse destrozando buena parte de aquellas reglas de coexistencia e introduciendo elementos alienantes en esa esfera social que se consideraba estable. Entonces los cambios que se producen en toda comunidad con el paso del tiempo, llegan a adquirir un perfil patológico que exige terapias tan exigentes como las previstas por la medicina para encarar el desafío de los grandes males físicos.
A medida que avanzan los cambios se pierden cosas que podrían parecer menores, como las gentilezas en el trato o las formalidades para entablar una relación, pero detrás de esos códigos -que en algunos casos parecen moribundos- acechan nuevos riesgos de deterioro o descontrol, como la agresividad que es el reverso enfermizo de la persuasión, la criminalidad que es la variante psicótica del éxito personal o la rudeza que es la contracara indeseable de la cordialidad. Esa es la pantalla menos grata de los cambios que pueden afectar a una sociedad, de modo que al enfrentar ciertos episodios de la vida de hoy (una discusión que desemboca en una muerte, un encuentro deportivo que termina a los golpes, un local de enseñanza donde estalla la violencia) hay que hacerse cargo de los sesgos más alarmantes de ese proceso de cambios que en algunos casos es degenerativo, y entender que sólo una tenaz y paciente labor cultural para educar a los ignorantes, rescatar a los extraviados, apaciguar a los agresivos e iluminar a los confundidos, será capaz de remediar el descalabro y recuperar a largo plazo los equilibrios perdidos.
Porque únicamente los que posean cierto grado de conocimiento podrán mantenerse a flote en la corriente de las transformaciones.