El mundo avanza hacia el desastre ambiental, pero el ingenio y la innovación lo salvarán

Conciencia. La humanidad mantiene la constante creencia de que su permanencia en el mundo tiene los días contados. Sin embargo, a lo largo de la historia ha superado los distintos obstáculos impuestos por la naturaleza para no sólo sobrevivir sino mejorar la calidad de su vida.

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NEWSWEEK | BJORN LOMBORG

Como la humanidad vive hoy, es claramente insostenible. Sin embargo, la historia demuestra que eso no resulta relevante. Sobre la base de la innovación y el ingenio, ha mejorado la calidad de vida y hay más riqueza en el mundo. Existe capacidad para que los pronósticos de catástrofe no se hagan realidad.

Desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, el aceite de ballena proveyó la luz a gran parte del mundo occidental. En su pico, la caza de la ballena y sus actividades derivadas dieron empleo a 70.000 personas y fue la quinta mayor industria de Estados Unidos, un país que fue el principal cazador de ballenas del mundo. Al producir millones de litros de combustible cada año, la industria fue ampliamente considerada irreductible, y quienes la apoyaban se mofaron de eventuales sustitutos de la iluminación como el lardo y otros. Se pensaba que sin el aceite de ballena, el mundo se deslizaría de nuevo hacia la oscuridad.

Por supuesto, según los estándares actuales, la matanza de ballenas es juzgada y considerada un acto de absoluta barbarie.

Hace 200 años no existía un movimiento ambientalista. Pero, vale preguntarse si los balleneros, que descubrían que cada año tenían que salir más lejos desde las costas estadounidenses para realizar una masiva matanza de mamíferos del mar, alguna vez se plantearon este interrogante: ¿qué pasará cuando se terminen las ballenas?

Preguntas de ese cariz constituyen, en la actualidad, la piedra angular de una lógica expresada cada vez más fuerte respecto de si la situación es sostenible en el tiempo.

Los alarmistas del clima y los ambientalistas militantes argumentan que los países industrializados del mundo han hecho retiros cuantiosos de los recursos asignados por la naturaleza y que, a menos que haya un cambio de actitud, y pronto, el planeta está condenado a un abrupto final.

Basta ver la reciente proclama del Programa Ambiental de Naciones Unidas, que argumentó que los gobiernos deben realizar dramáticas reducciones del uso de los recursos. El concepto se ha hecho común: la manera como vivimos es egoísta e insostenible. Estamos arruinando el mundo. Estamos engullendo los últimos recursos. Estamos talando los bosques tropicales, destruyendo la capa de ozono, quemando el mundo a través de la adicción a los combustibles fósiles y devastando el planeta para las generaciones futuras. En otras palabras, la humanidad está condenada.

Sin duda, es una historia apremiante. Pero, también es fundamentalmente errónea y las consecuencias son severas. Las preocupaciones ambientales trágicamente exageradas -y la voluntad de tantos de creerlas- pueden, en definitiva, impedirnos encontrar vías más inteligentes de ayudar realmente a nuestro planeta y asegurar la salud del ambiente para las generaciones futuras.

Si bien los occidentales en otros tiempos dependieron del aceite de ballena para la iluminación, nunca se terminaron estos mamíferos.

¿Por qué? La alta demanda y el ascenso de los precios del aceite de ballena generaron la búsqueda y las inversiones de la versión de energía alternativa del siglo XIX. Primero, el queroseno procesado a partir del petróleo reemplazó al aceite de ballena. Tampoco se terminó el queroseno: la electricidad lo sustituyó porque era una manera superior de iluminar al planeta.

Durante generaciones, la humanidad ha subestimado de manera persistente su capacidad de innovación. Hubo un tiempo en que existió la preocupación generalizada de que Londres quedaría cubierta de excremento de caballo, debido al creciente uso de los carros tirados por ese animal. Gracias al invento del auto, Londres tiene, en la actualidad, siete millones de habitantes. Se impidió el desastre.

En efecto, las eventuales catástrofes habitualmente han sido dejadas de lado a lo largo de la historia humana, y con frecuencia debido a la innovación y el desarrollo tecnológico. El hombre nunca sigue haciendo lo mismo. Logra innovar y anticiparse a los problemas.

Después de pensar en las ballenas hay que pensar en el debate actual sobre la reducción de las emisiones de carbono. En lugar de, con una única determinación, intentar obligar a la gente a vivir sin combustibles emisores de bióxido de carbono, se debe reconocer que no se lograrán verdaderos avances en la reducción de las emisiones de C02 hasta que se puedan crear alternativas que estén al alcance del hombre y sean eficientes. Estamos lejos de ese punto: las tecnologías de las que se habla con extravagancia como el viento y la energía solar, siguen siendo muy costosas e ineficientes en comparación con los combustibles fósiles baratos. Globalmente, el viento provee apenas 0,3% de la energía y el Sol un minúsculo 0,1%. La actual tecnología es tan ineficiente y poco aplicable que, para poner solo un ejemplo, si se usara el viento para generar energía para todos, habría que cubrir la mayoría de los países con turbinas de viento, e igual persistiría un problema masivo de almacenaje. El hombre no sabe qué hacer cuando el viento no sopla.

LOGROS. Realizar los descubrimientos necesarios requerirá mejoras masivas a lo largo de muchas tecnologías. La respuesta sostenible al calentamiento global es una que haga actuar con mucha más seriedad en materia de inversiones en investigación y desarrollo de energías alternativas. Eso tiene mucha más probabilidad de dejarle a las futuras generaciones al menos las mismas oportunidades que existen hoy.

¿Exactamente qué es la sostenibilidad? Hace 14 años, el informe "Nuestro futuro común", de la Comisión Mundial de Ambiente y Desarrollo, de Naciones Unidas, que presidió Gro Harlem Brundtland, proveyó la definición más citada. El desarrollo sostenible "satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades".

Esto suscita un interrogante: ¿en el pasado, vivimos de manera insostenible?

En efecto, por casi cualquier manera como se lo mida, los humanos han dejado un legado de crecientes oportunidades a sus descendientes. Eso no solo es cierto para el mundo rico, sino también para los países en vías de desarrollo.

En los últimos 200 años, la humanidad se hizo más rica que en toda la historia anterior. La producción disponible per cápita -la cantidad que una persona promedio puede consumir- se multiplicó por ocho entre 1800 y 2000. En las últimas seis décadas, la pobreza cayó más que en los 500 años anteriores. Solo en esta década, China por sí sola rescató a 200 millones de personas de la pobreza. Mientras uno de cada dos habitantes del mundo en vías de desarrollo era pobre hace apenas 25 años, hoy es uno de cada cuatro. Si bien queda mucho por hacer, los países en vías de desarrollo tienen más riqueza, habiéndose multiplicado por cinco el ingreso per cápita, entre 1950 y la actualidad.

Pero, no se trata solo de dinero. El mundo también se ha convertido en un ámbito con mejor educación. El analfabetismo en el mundo en vías de desarrollo cayó del 75% entre las personas que nacieron a comienzos del siglo XX a alrededor del 12% entre los jóvenes de la actualidad. Cada vez más personas han accedido al agua potable y el saneamiento, lo que mejora la salud y los ingresos. De acuerdo con lo que señala la Organización de Alimentación y Agricultura de Naciones Unidas (FAO), el porcentaje de personas desnutridas en el mundo en vías de desarrollo descendió de más del 50% en 1950 al 16% en la actualidad.

A medida que los humanos se hicieron más ricos y mejor educados, han podido disfrutar de más tiempo de ocio. En la mayoría de los países desarrollados, donde hay estadísticas disponibles, las horas de trabajo anuales han tenido drástica reducción desde fines del siglo XIX: en la actualidad, en esos países se trabaja la mitad de lo que se hacía al final de dicho siglo. Durante los últimos 30 años, ha crecido el tiempo libre total para hombres y mujeres, gracias a las reducciones de la carga de trabajo y de las tareas del hogar. Globalmente, la expectativa de vida actual es de 69 años. Hay que comparar con el promedio de expectativa de vida de 52 años en 1960 o de alrededor de 30 en 1900. Los avances de la salud pública y la innovación tecnológica han alargado de manera resaltable la vida.

AVANCES. De forma consistente, la humanidad ha logrado esos notables desarrollos al enfocarse en la innovación tecnológica y en las inversiones destinadas a crear un futuro más rico y sustentable. Si bien permanecen grandes desafíos, el futuro parece guardar también gran promesa.

Naciones Unidas estima que a lo largo del corriente siglo, los habitantes humanos del planeta serán 14 veces más ricos y la persona promedio en el mundo en vías de desarrollo será colosalmente 24 veces más rica. La organización calcula que al final del siglo se vivirá hasta una edad promedio de 85 años y virtualmente casi todos sabrán leer y escribir, y tendrán acceso a los alimentos, el agua y el saneamiento. Eso no parece demasiado despreciable.

En lugar de celebrar este progreso asombroso, muchos lo consideran desagradable. En lugar de reconocer y aprender del mismo, el hombre se baña en culpa, inquietándose por las vidas supuestamente insostenibles. Por cierto, muchos argumentan que mientras el pasado puede haber mejorado, seguramente no importa para el futuro, debido a que ¡el hombre está destruyendo el ambiente!

Pero, más despacio. En las últimas décadas, la calidad del aire en los países ricos ha tenido enorme mejora. En casi todos los países desarrollados, el aire es más respirable y el agua es más apta para el consumo, que en 1970. Londres, conocida durante siglos por su infame smog y contaminación aguda, hoy tiene el aire más limpio desde la Edad Media.

Hoy, las megaciudades del mundo en vías de desarrollo, tales como Pekín, Nueva Delhi y Ciudad de México, son algunos de los lugares más contaminados del planeta. Durante varios cientos de años, los ingresos crecientes fueron igualados por la creciente contaminación. En las décadas de los `30 y `40, Londres estaba más contaminada de lo que Pekín, Nueva Delhi y Ciudad de México están hoy en día.

Con la creciente riqueza, los países desarrollados gradualmente estuvieron en mejores condiciones de tener un ambiente más limpio. Eso ocurre hoy en día en algunos de los países en vías de desarrollo más ricos: los niveles de contaminación del aire en Ciudad de México han estado descendiendo precisamente porque hay mejor tecnología y más riqueza. Si bien la contaminación del aire es por lejos lo más amenazante para los humanos, la calidad del agua, de manera similar, está mejorando. Asimismo, los bosques están volviendo a crecer en los países ricos, aunque siguen perdiéndose en los lugares pobres donde talar y quemar son preferibles a pasar hambre.

Por supuesto, en estos días, el fantasma del calentamiento global opaca toda discusión sobre el ambiente. Si bien se progresa en materia de contaminación del aire y del agua o en la reforestación, ¿qué diferencia hace cuando el hombre está calentando el planeta? El calentamiento global es causado por la dependencia del hombre de los combustibles fósiles. Va a exacerbar muchos de los problemas que se sienten en la actualidad, y en algunas de las regiones más pobres, enlentecerá los avances contra la desnutrición y las enfermedades. Por cierto, es un problema verdadero. Sin embargo, con demasiada frecuencia se exagera su impacto y se incurre en azuzar el miedo con imágenes de devastación de proporciones bíblicas.

La experiencia indica que los países más prósperos tienen mayor capacidad para responder a los desafíos que planteará el clima. Tienen mucha más resiliencia ante los desastres naturales, mientras tienen más capacidad de invertir en medidas tales como ciudades más ecológicas y protección contra las inundaciones. Sin embargo, en lugar de asegurarse primero que todo el mundo se sienta mejor y con más resiliencia, la respuesta al calentamiento global ha sido intentar recortar las emisiones de carbono demasiado pronto. En realidad, eso significa frenar el crecimiento y vivir con menos de lo que se podría, si se actuara de otra manera.

FRACASO. Pero, ese enfoque desafía a la historia. La manera como la humanidad ha progresado contra las enfermedades, la desnutrición y la degradación ambiental en el pasado, es mediante el crecimiento, el descubrimiento y la innovación. Naturalmente, resulta difícil decirle a cientos de millones de personas que fueron sacadas de la pobreza en China y en otros lugares, que deben dejar de quemar carbón, desistir de la prosperidad y retornar a la vida en la pobreza.

No debe sorprender que, desde que las naciones industrializadas prometieron por primera vez con bombo y platillos, en Río de Janeiro, reducir las emisiones a niveles de 1990, para el año 2000, el enfoque de recortes tempranos y sustanciales haya tenido reiterado fracaso. A pesar de no haberse cumplido las promesas de reducción de emisiones en Kioto y nuevamente habiendo fracasado siquiera en acordar promesas en Copenhague, en 2009, los negociadores planean intentarlo de nuevo en Sudáfrica, más adelante este año. Expresar promesas vacías, no hace que la situación resulte más sostenible.

Cualquier persona que haya viajado a lo largo de zonas industriales contaminadas en China o en otras naciones en vías de desarrollo, sabe que hay serios desafíos por resolver. Pero, el viaje realizado en los últimos siglos muestra que el desarrollo de mejor tecnología se ha producido con más frecuencia cuando la humanidad ha alcanzado una vida mejor y menos contaminación.

La humanidad olvida con demasiada facilidad que la innovación y el ingenio han resuelto la mayoría de los grandes problemas en el pasado. Vivir de manera sostenible significa aprender las lecciones de la historia.

La principal entre ellas es que el mejor legado que podemos dejarle a los descendientes es asegurar que sean lo suficientemente prósperos para responder con resiliencia a los desafíos desconocidos que están más adelante.

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