Gustavo Penadés
El sábado 11 de junio hubo un antes y un después del Partido Nacional, que no está relacionado solamente con la renuncia a la presidencia del Directorio y a la candidatura por parte del doctor Luis Alberto Lacalle.
Porque, a instancias suyas, se vivió la culminación de un proceso de renovación partidaria en las estructuras y de incorporación de nuevos órganos al Partido Nacional, que hacen un cambio revolucionario en nuestra colectividad.
El gesto de Lacalle fue un acto de generosidad -que en la política uruguaya no se ve a menudo- y que, a su entender, ayuda a ese proceso.
Hoy, el Partido Nacional inicia etapas de renovación en su máxima dirigencia: tenemos la bancada más joven de diputados y senadores, intendentes jóvenes, alcaldes, ediles; o sea, una estructura política de respeto que, sin duda, lo ratifica como la alternativa obligada al gobierno del Frente Amplio.
Después de la renuncia de Lacalle, se va a vivir una primera etapa de turbulencias como es natural, pero no debemos creer que Lacalle se fue para su casa. Lacalle va a estar vigente, recorriendo el país entero, como lo ha hecho hasta ahora, y proponiendo ideas, porque su vida es la acción pública. Y está bien que así sea.
En una concepción moderna de la vida política, los liderazgos no tienen por qué terminar siempre en candidaturas. El peso de su formación, el peso de su experiencia, el peso de su capacidad y su trayectoria, hacen que siga presente en la vida nacional en general, y en la de nuestro Partido en particular.
Lacalle debe ejercer el papel del hombre con la suficiente experiencia, conocimiento y capacidad, como para llevar adelante la tarea de promover lo que un gran blanco como él quiere, que es un nuevo gobierno del Partido Nacional.
Tiene también una labor nada menor que es un desafío de carácter intelectual. La agenda política de los últimos veinticinco años se instaló en el gobierno que él presidió: la reforma del Estado, el equilibrio fiscal en las cuentas públicas, el combate a la inflación, las políticas sociales exitosas, la política exterior focalizada en el Mercosur, la reforma de la educación, la reforma portuaria, las reformas militares. La agenda política del Uruguay, que se sigue discutiendo hasta hoy, fue escrita durante su gobierno.
Y en la lucha que en el plano del pensamiento y la acción, libre Lacalle en el futuro, está gran parte de la ratificación de los beneficios de su tarea política pasada, que beneficia al Uruguay todo.
Quizás la labor que haya que llevar adelante, y que no es nada menor porque las fuerzas de la oscuridad siempre operan, es lograr la reivindicación de su persona. Porque, si ha habido un dirigente político audaz, valiente y combativo, pero denostado, agraviado, y sobre el cual se produjo un intento de exterminación como quizás la historia del Uruguay no ha conocido otro, ese es Lacalle.
Que logró, a través de tenacidad, creatividad e inventiva, revertir todo eso y hoy estamos viendo uno de los últimos grandes especímenes de lo que fue una clase política en el Uruguay, de respeto en la región y en el mundo.