El horror de impacto más resonante en nuestra educación pública lo denunció públicamente la directora del Liceo Bauzá, cuando sin pelos en la lengua dijo que pasaría por encima de vetustos reglamentos de secundaria para conseguir que los alumnos de cuarto año aprendan a leer y a escribir sus propios nombres, concurran a clase con la asiduidad debida, y se eduquen con modales básicos para guardar el respeto mínimo que cabe exigir a su comportamiento en las aulas.
Ello no solo no cayó bien en las autoridades de la educación, sino motivó que la personalidad más influyente del gobierno, la senadora Topolansky, llamara a la directora al Parlamento para responder por el cargo de no obedecer los reglamentos vigentes.
El economista Talvi, el martes pasado, aludió a la inmoralidad del bloqueo corporativo en la educación por parte de los docentes, enquistado en una concepción mezquina de la sociedad inspirada en la lucha de clases y de puño cerrado, que se ha instalado como parte de nuestra cultura.
Talvi observó que si bien económicamente el país vive ahora un buen momento, cuando en el norte comiencen a resurgir los capitales, la inversión que hoy beneficia a nuestros países cambiará de dirección. Y las políticas educativas actuales no son idóneas para adaptar nuestro desarrollo dentro de contextos críticos. Es verdad.
Puso como ejemplo de sistemas educativos eficaces el "milagro de Harlem" en Nueva York, y la experiencia de nuestro Liceo Jubilar en Casavalle. Pero mientras la senadora Topolansky preste atención a los reglamentos vigentes, y se moleste por lo que hay que corregir, la inmoralidad propia de nuestro sistema educacional seguirá siendo la misma.