MÉXICO | THE NEW YORK TIMES
El trigal pardo que se extendía a los pies de Ravi P. Singh ofrecía una posible clave del destino de la humanidad. Horneadas por el sol del desierto y deliberadamente sedientas de agua, las plantas estaban casi muertas.
"No vas a alimentar a la gente con eso", dijo el triguero. Su mirada se posó en una planta más saludable, una que se las arregló para florecer a pesar de la sequía y produjo granos llenitos de trigo. "¡Este es hermoso!", gritó mientras las barbas del trigo susurraban en el viento.
La esperanza en el tallo de un grano: es una esperanza que el mundo necesita estos días, ya que el gran sistema agrícola que alimenta a la raza humana tiene problemas. El rápido crecimiento en la producción agropecuaria que definió al final del siglo XX, disminuyó al punto en el que no puede seguirle el ritmo a la demanda de alimentos, impulsada por el incremento de población y la creciente prosperidad en países que fueron pobres.
El consumo de los cuatro productos básicos que suministran la mayoría de las calorías -trigo, arroz, maíz y frijol- superó la producción durante gran parte de la década pasada, reduciendo las otrora enormes reservas. El desequilibrio entre oferta y demanda ha resultado en dos enormes picos en los precios internacionales de los granos desde 2007, donde el precio de algunos de ellos se ha más que duplicado.
Esos saltos en el precio, aunque sólo se han sentido moderadamente en Occidente, han empeorado el hambre entre decenas de millones de pobres, desestabilizando la política en veintenas de países. Investigaciones recientes indican que un factor anteriormente descartado está ayudando a desestabilizar al sistema alimentario: el cambio climático.
Muchas de las cosechas fallidas en la última década fueron consecuencia de desastres climáticos. Científicos creen que el calentamiento inducido por el hombre ha causado o empeorado algunos de esos eventos, aunque no todos. Las temperaturas están aumentando rápidamente durante la temporada de cultivo en algunos de los países agrícolas más importantes, y, en un ensayo publicado hace varias semanas, se señala que ello restó varios puntos porcentuales a las cosechas potenciales, lo que se suma a las variaciones en los precios.
Se transmitió una creciente inquietud sobre el futuro del suministro de alimentos durante entrevistas realizadas con más de 50 expertos en agricultura que trabajan en nueve países. Estos dicen que en las próximas décadas los agricultores necesitan resistir cualquier impacto climático que se les atraviese en el camino mientras que, en términos generales, duplican la cantidad de alimentos que producen para satisfacer la demanda en aumento. Y necesitan hacerlo mientras reducen el considerable daño ambiental causado por el negocio de la agricultura.
EL MUNDO HABLA. Sentado con un grupo de sus compañeros trigueros, Francisco Javier Ramos Bours expresó una sospecha. La escasez de agua ya se había presentado en los últimos años para los cultivadores en su región, el Valle del Yaqui, ubicado en el desierto sonorense, en México. Desde su perspectiva, bien podría deberse al cambio climático. "Todo el mundo habla de ello", dijo, mientras los demás agricultores asentían con la cabeza.
Agricultores de todas partes enfrentan cada vez más dificultades: escasez de agua, así como inundaciones repentinas. A sus cosechas las afectan plagas emergentes, enfermedades y ondas de calor más allá de cualquier cosa que recuerdan.
Hace décadas, los trigueros del Valle del Yaqui de México eran la vanguardia de un amplio desarrollo en la agricultura llamada "la revolución verde", que usaba variedades mejoradas de cultivos y métodos más intensivos para incrementar la producción de alimentos en parte del mundo en desarrollo.
Cuando Norman E. Borlaug, un agrónomo estadounidense, empezó a trabajar aquí en 1940, bajo el patrocinio de la Fundación Rockefeller, lo adoptaron los agricultores del Valle del Yaqui. Sus éxitos como cultivador ayudaron a los agricultores a sextuplicar la producción de trigo.
En los `60, Borlaug llevó su enfoque a India y Pakistán, donde se temía una hambruna generalizada. También aumentó la producción ahí. Otros países se unieron a la revolución verde. Borlaug se convirtió en 1970 en el único agrónomo que haya ganado alguna vez el Nobel de la Paz por ayudar a "proporcionar pan a un mundo hambriento". Cuando recibió el premio, emitió una severa advertencia. "Es posible que tengamos marea alta en este momento", dijo, "pero el reflujo podría venir pronto, si nos volvemos displicentes y relajamos nuestros esfuerzos".
Conforme aumentó la producción, los granos básicos - que alimentan directamente a la gente o se usan para producir carne, huevos y lácteos- fueron cada vez más baratos. Se redujo el porcentaje de personas hambrientas en el mundo. Para 1980, la producción de alimentos parecía bajo control. Los gobiernos y fundaciones empezaron a reducir la investigación agropecuaria o a desviar el dinero hacia problemas creados por la agricultura intensiva, como el daño ambiental. En un período de 20 años, la ayuda occidental para el desarrollo agrícola en países pobres cayó a la mitad, y hubo despidos en algunos de los centros de investigación más importantes.
Tal como lo pronosticó Borlaug, las consecuencias de esta pérdida del enfoque empezaron a presentarse en el sistema alimentario. La producción aumentó, pero, debido a la disminución de innovaciones, disminuyó la tasa de crecimiento.
Esa pausa ocurrió justo cuando la demanda de alimentos para seres humanos y animales empezaba a despegar, gracias en parte a la creciente afluencia en Asia. Y el clima muy variable empezó a corroer las cosechas. En 2007 y 2008, con reservas bajas de cereales, los precios se duplicaron y, en algunos casos, se triplicaron. Países enteros empezaron a acumular alimentos, y siguieron compras de pánico en algunos mercados, en particular, el de arroz. Estallaron disturbios por la comida en más de 30 países.
Los agricultores respondieron a los precios elevados sembrando tanto como fuera posible, y cosechas sustanciales en 2008 y 2009 ayudaron a restituir las reservas, hasta cierto punto. Ese factor, más la recesión mundial, hicieron bajar los precios en 2009. Sin embargo, para 2010, más pérdidas de cosechas relacionadas con el tiempo provocaron que volvieran a subir. Este año, el suministro de arroz es adecuado, pero con la amenaza del mal tiempo en el caso de las cosechas de trigo y maíz, los mercados siguen nerviosos.
Expertos empiezan a temer que pueda haber terminado la época de los alimentos baratos.
La cifra
50% Es lo que cayó en veinte años -a partir de la década del `80- la ayuda occidental para el desarrollo agrícola en países pobres.
Cayó el mito del bióxido de carbono
Durante décadas, los científicos creyeron que la dependencia humana en los combustibles fósiles, a todos los problemas que se esperaba que causara, brindaría un beneficio enorme.
El bióxido de carbono, el principal gas liberado por combustión, es también el principal combustible para el crecimiento de las plantas. Los humanos incrementaron el nivel de bióxido de carbono en la atmósfera en 40% desde la revolución industrial, y están en curso a duplicarlo o triplicarlo. Los estudios han indicado desde hace tiempo que el gas extra sobrecargaría las cosechas de alimentos en el mundo, y podría ser especialmente útil en tiempos es difíciles.
Sin embargo, en la última década, científicos de la Universidad de Illinois han puesto a prueba "el efecto de la fertilización carbónica" del mundo real en las dos cosechas más importantes que se cultivan en EE.UU.
Empezaron por plantar frijol de soja en una parcela, después, rociaron bióxido de carbono extra desde un tanque gigantesco. Con base en investigaciones anteriores, esperaban que aumentaran las cosechas en un 30%.
Sin embargo, cuando cosecharon el frijol de soja, se llevaron una sorpresa desagradable: el impacto sólo fue de la mitad. Cuando lo cultivaron bajo el tipo de condiciones que se espera prevalezcan en un tiempo futuro, con altas temperaturas o poca agua, el bióxido de carbono extra no podría detener totalmente la disminución de la cosecha causada por otros factores.
Su trabajo contribuyó a un cuerpo más amplio de investigación que indica que el bióxido de carbono sí actúa como fertilizante de plantas, pero que los beneficios son menores de lo que se creía antes, y probablemente menos de lo que se necesita para evitar la escasez.