Desamparados

Es desgarrante comprobar el sufrimiento de quienes deben soportar a la intemperie las temperaturas extremas que se vienen registrando. Sensaciones térmicas de diez grados bajo cero y vientos capaces de arrancar techos así como tumbar decenas de árboles, son apenas un par de los rasgos de las actuales adversidades climáticas.

Se han establecido refugios provisorios donde pueden albergarse personas sin techo. Almas generosas como la de la recientemente fallecida, Elvira Salvo, quien donó una construcción para que los sin techo pudieran refugiarse y llevar a sus perros, en un sector del Cotolengo ofrecido por su director, contribuyen para ayudar a los necesitados. Sin embargo, el miércoles unas 530 personas durmieron en once refugios montevideanos. Pero también se advierte que ciertas medidas se van tomando sobre la marcha, como si estuviéramos ante un accidente climático totalmente inusual. Por ejemplo, recién anoche aunaron esfuerzos la Intendencia de Montevideo y el Mides para que sus empleados salieran a ofrecer la posibilidad de conducir las personas a refugios. Esto, por otra parte, choca a menudo con la voluntad de los desamparados que aunque parezca increíble, en ocasiones se niegan a ir a un refugio por querer estar solos y en libertad de acción.

Estas experiencias son análogas a otras que se verificaron en anteriores y recientes inviernos y todo esto induce a pensar que tratándose de circunstancias cíclicas difíciles de soportar, no estaría de más constituir refugios permanentes, así como integrar grupos humanos de apoyo, que pudieran desplegarse de inmediato a la más mínima señal de riesgos de fríos intensos o temporales.

Con demasiada frecuencia los uruguayos actuamos como si las jornadas peores de nuestros inviernos fueran apenas momentáneas y por ende dignas de soportarse con medios circunstanciales y precarios, a la espera de una mejora. Es así que se ven, por ejemplo, ranchos donde sus habitantes mitigan el padecimiento encendiendo fuegos con maderas recogidas por las calles. Esto luego puede derivar en otro problema invernal: quemaduras e incluso muertes por incendios o asfixias provocadas por la falta de ventilación.

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