Hebert Gatto
En ocasiones, una dolencia física, particularmente si se la supera sin pesares, puede deparar momentos menos oscuros de lo que cabría esperarse. En mi caso, la invasora, si bien de propósitos modestos, me apartó unos días del mundo cotidiano para encerrarme en el de los afectos, el entorno íntimo y la reflexión. Quizás por ello, y no por ligereza, dijera Gregorio Marañón que no hay enfermedades sino enfermos. A lo que podría agregarse que hay ocasiones que facilitan mirar atrás y pensar con menos prisa.
Poco antes de mi intermedio sanatorial, el mundillo político uruguayo era un drama de pasiones al rojo vivo donde el tema eran las proclamas cruzadas a favor y en contra de la anulación de la ley de caducidad. Como si en ese choque, cotidianamente renovado, se jugara el pasado y el futuro de la sociedad uruguaya. Lo que bien mirado, no estaba tan lejos. Hoy, modificando pareceres, creo que fue un debate de saldo serio, con pocos antecedentes en el país, que si por un lado alineó cicatrices terribles, memorias heridas y añoranzas perdidas, por otro aportó reflexión sobre experiencias políticas también antiguas y sensatas, como las referidas al debido proceso, la cosa juzgada o a las garantías a los imputados. Creo incluso que la prerrogativa penal en su conjunto, esa oscura y terrible normativa que a veces con excesiva desaprensión otorgamos al estado para castigar, también estuvo en juego. En el parlamento y en los medios muchos plantearon sus límites, la facilidad de los desbordes de una función imprescindible en cualquier sociedad, como el propio terrorismo de estado acredita, pero asimismo y por ello, la fragilidad de los principios que la moderan y contienen cuando de amparar derechos ciudadanos se trata.
Un debate que ni siquiera esquivó el eterno drama del choque entre orden jurídico y justicia -el de Creón con Antígona-, el de la razón con el sentimiento, y hasta se permitió confrontar sobre la mismísima democracia. ¿Es común que un pueblo se interpele sobre la soberanía, sus portadores y los alcances de la Constitución? Todo esto estuvo en juego en una polémica importante, de aquellas que atraían a Hannah Arendt, donde la polis confronta con lo que importa: las fronteras extremas de sus prerrogativas. Sus límites para juzgar e imponer castigos a terceros. Pasados unos días y con este observador de regreso al mundo de los sanos, la tormenta escampó. Son pocos los doloridos que siguen reclamando justicia y menos, del otro lado, quienes se disfrazan de victoriosos. Colaborando con este clima la Suprema Corte, en sentencia ejemplar, recordó a todos, incluyendo la Sra. Fiscal, que en Uruguay los delitos no pue-den crearse retroactivamente -vaya si estábamos olvidando cosas-, mientras que a los jueces amnésicos les reiteró que la imparcialidad de los magistrados es fundamento de cualquier justicia. No ignoro que otros pocos, apegados al radicalismo, siguen pensando que la guerra que comenzó en los sesenta todavía no epilogó y que la anulación de la ley era la mejor forma de cerrarla. Para mi gusto son demasiado angurrientos. Si ya ganaron el gobierno, ¿para qué arrasar con las instituciones? Ellos pasarán pero otros vendrán.