Medio ambiente

Un choque inesperado ha venido a abrir un nuevo frente al gobierno de José Mujica. Sus palabras, en referencia a la venta a privados de tierras en la zona de Cabo Polonio han desatado una tormenta y la feroz indignación de muchos integrantes del movimiento ambientalista, justo cuando hoy se celebra un nuevo "Día del Medio Ambiente". Una relación que ya venía golpeada por el impulso inicial dado por la administración Mujica al proyecto de Aratirí.

Casi tan grave como el contenido de las palabras del presidente relativas a un lugar tan especial para el imaginario colectivo (especialmente de muchos votantes frentistas) como el Cabo Polonio, ha sido el tono. El mandatario se mostró despectivo con esta causa tan en boga, y eso es un problema.

La causa ambientalista, por encima de su nobleza y carácter imprescindible en un mundo que depreda a velocidad alarmante los recursos naturales, se ha vuelto para muchos casi un sustituto de la religión. Y sus postulados son defendidos a veces hasta llegar al fanatismo, como bien lo aprendió Uruguay con el caso Botnia. Esto, sumado al impacto mediático que estas causas suelen generar, puede ser un golpe letal para cualquier dirigente político de hoy. Lo curioso es el doble discurso que existe en sectores del gobierno sobre estos temas. Mientras por un lado hay dirigentes como el exsenador Fernández Huidobro que no se cansan de hablar de lo pérfido del modelo consumista que arrasa con la naturaleza, otros como el presidente Mujica siguen defendiendo una visión economicista a ultranza. En este tema, como en casi todos, lo difícil es mantener una línea media que permita el desarrollo humano, pero respetando los recursos que debemos dejar a las generaciones que vendrán.

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