La integración de la clase media se ha diferenciado del resto de la sociedad por algunos rasgos inconfundibles: el cuidado de las apariencias, la cohesión familiar, la solvencia económica, el nivel cultural, el impulso productivo, el deseo de superación. Mientras duraron las grandes oleadas migratorias que poblaron el país hasta mediados del siglo XX, la permeable malla social facilitó el ascenso de esa clase manteniendo el dinamismo con que cada generación se incorporaba a ella y robusteciendo su papel de poderoso colchón de la comunidad. En los últimos tiempos, empero, el colchón ha ido desinflándose.
Las causas son múltiples, desde un gradual deterioro económico hasta una dispersión provocada por el alejamiento de una calificada juventud uruguaya que prefirió abrirse camino en otros países, declinación en la que también influyó el debilitamiento demográfico que ocasiona la escasez de hijos y la pérdida paulatina de ciertos hábitos de reunión y encuentro, con lo que se ha reducido su presencia en el escenario social. Basta con echar un vistazo a la concurrencia en salas de espectáculos -teatro, cine- que fue torrencial y ahora es escasa, o basta con observar la composición de una masa de peatones en cualquier zona comercial de la ciudad, para comprobar cómo esa clase ha evacuado poco a poco los espacios donde su papel era dominante en un pasado nada remoto, despojándolos del carácter que solían tener.
Al retraerse provoca un vacío que en parte es llenado por un sector emergente que sin embargo carece de la esmerada conducta, la apetencia de conocimientos, el estilo de relacionamiento y los niveles de urbanidad en que se reconocía la vieja clase media, aunque ese nuevo sector dispone de la creciente ventaja numérica prestada por su veloz reproducción. El desequilibrio determinado por esa sustitución será cada día más visible a medida que un núcleo social se reduce y el otro crece, lo cual significa inevitablemente que uno retrocede y el otro avanza. A pesar de que todavía no alarme a los desprevenidos, el fenómeno generará una sociedad distinta, con otras costumbres, otro lenguaje, otras normas de intercambio y hasta otra familiaridad con la violencia.
Pero ese fenómeno no parece asustar a las autoridades, a pesar de que la clase media en retirada fue la mejor reserva de una fuerza de trabajo y el mejor semillero de productividad y de capacidad creadora, a salvo del devastador efecto del ausentismo escolar o del hundimiento que traerá la actual masa de jóvenes que no estudia ni trabaja. Aquella franja social integrada por docentes, comerciantes, profesionales, funcionarios, artistas y empresarios, irá cediendo con el tiempo ante una clase que ya no tendrá biblioteca en su casa, cuyos puntos de referencia en materia cultural serán volátiles y cuya aspiración consistirá en que los hijos emigren para tener un futuro mejor en el extranjero, lejos de un país que su desestima aconseja abandonar, mientras ayuda a empobrecerlo con su desapego.
Las autoridades que no se asustan ante dicho cuadro y que por el momento se dedican a auxiliar a una clase sumergida con métodos que fomentan mayormente su tendencia parasitaria y no su rescate, parecen ignorar la deriva de una clase media cuyo susto en cambio aumenta, porque es la víctima principal no solo de una presión fiscal cuyo peso sufre comparativamente más que otras, sino además de una inseguridad que la castiga como jamás lo había hecho antes, obligándola a enfrentar peligros y agresiones mucho mayores que los estímulos, beneficios o respaldos que se le brindan. Por algo las estadísticas señalan que el 61% de la población considera que la inseguridad es hoy su mayor problema. Esa situación, de la que no se habla como si el manto de silencio pudiera borrarla, es un ejemplo de cómo se desamparan ciertos derechos humanos mucho menos atendidos que otros.