Auspicioso

La visita de un presidente extranjero es, indudablemente, señal de acercamiento. Junto con él viene, además, un paquete de propuestas, acuerdos y medidas tendientes a intensificar las relaciones. Y si ese presidente pertenece a un país amigo, con el que nos une una histórica relación, con el que compartimos límites y es actualmente una de las grandes potencias mundiales, las expectativas sobre su visita son mayores y junto con ellas va una cuota grande de esperanza en una mejor relación que signifique, por el juego de las asimetrías, beneficios para nuestro país.

La Presidenta de la República Federativa de Brasil, Dilma Roussef, cumplió. Pocas horas en nuestro país fueron suficientes para la firma de una docena de acuerdos que abren -según dijo el embajador brasileño Juan Carlos de Souza- una "nueva dimensión" a las relaciones bilaterales, más allá de que Brasil ya es el principal socio comercial de Uruguay.

Y lo estampado en el papel, es auspicioso. Desde excepciones a recientes trabas a importaciones brasileñas, hasta una fuerte presencia en obras de infraestructura del transporte para promover el desarrollo en el Norte uruguayo y Sur del Brasil y acuerdos en interconexión eléctrica e intercambio energético. También los puentes fronterizos, el uso del ferrocarril y la reactivación de la "acuavía" en la Laguna Merín.

El problema es que la política exterior de Brasil la ha manejado siempre Itamaraty y para la cancillería brasileña, a Brasil solo le importa Brasil. Si la Presidenta Roussef le incorpora solidaridad a sus relaciones con Uruguay, no tenemos dudas de que entraremos en una "nueva dimensión" como decía el embajador de Souza. De lo contrario, la Aduana brasileña seguirá sin dejar entrar los camiones uruguayos como ocurre cada tanto.

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