El dilema de una mayor inflación o más revaluación

Desde enero los precios internacionales de los alimentos han superado el pico de mediados de 2008, con consecuencias semejantes a las que se vieron entonces. Revueltas populares en países antidemocráticos. Más discursos y pocas decisiones en el mundo desarrollado. Y en América Latina el mismo dilema: más inflación o más revaluación. Como exportadores netos de alimentos, Argentina, Brasil, Guatemala, Paraguay y Uruguay son beneficiarios de las alzas de los precios internacionales. Pero todos los demás países, incluyendo México y las pequeñas economías de América Central y del Caribe están en la lista de perdedores, pues son importadores netos de la canasta de commodities alimenticios más importantes en el comercio mundial, que comprende el arroz, el azúcar, el maíz, la soja y el trigo. Tanto los exportadores como los importadores de alimentos que cuentan con flexibilidad de sus tipos de cambio respondieron al shock de precios del 2008 apreciando sus monedas, con lo cual abarataron las importaciones y amortiguaron el efecto inflacionario de los mayores precios externos. Es posible que hayan actuado así porque el shock de precios vino acompañado por una avalancha de capitales.

Podrían responder de la misma forma en esta ocasión. Si así lo hicieran, quienes tienen flexibilidad cambiaria se salvarían nuevamente de la inflación. El impacto inflacionario sería insignificante en Brasil, Colombia, México y Uruguay, y alcanzaría apenas unos tres puntos porcentuales de mayor inflación en 2011 en Perú. La situación es mucho más crítica en la mayoría de los países centroamericanos y caribeños que no tienen flexibilidad cambiaria y son importadores netos de alimentos. La pregunta crucial es si en esta ocasión los bancos centrales y los gobiernos van a reaccionar de la misma manera, permitiendo en estos últimos países que las ya apreciadas monedas se valoricen aún más y que, por consiguiente, se debilite nuevamente la competitividad de los sectores que son exportadores o que compiten con importaciones. Esto puede agudizar la informalidad y el desempleo, y perjudicaría a los trabajadores agrícolas que no están en los sectores en boom de precios. Pero, sería un alivio para los más pobres en las zonas urbanas que tienen que dedicarle una parte importante de sus ingresos a comprar alimentos.

La otra opción no es menos atractiva, puesto que impedir una mayor apreciación de la moneda a cambio de una inflación más alta tendría los efectos distributivos opuestos y debilitaría la credibilidad de los bancos centrales, lo que a la postre se traduciría en mayores tasas de interés. Hay pocas posibilidades de escapar a estos dilemas, especialmente en los países donde los alimentos transables internacionalmente tienen un alto peso en la canasta. El temor más grande es que no se reconozca el problema rápidamente, pretendiendo que es posible lograrlo todo a la vez. Las autoridades tendrán que tomar decisiones pronto y deberían hacerlo a la luz pública.

* FUNCIONARIOS DEL BID | ESCRIBEN A TÍTULO PERSONAL.

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