Más asesinatos

Ricardo Reilly Salaverri

Las noticias policiales son centro de la información nacional. Esta vez un joven taxista, padre de tres hijos ha sido muerto impiadosamente. De manera alevosa y brutal. Le ha seguido inmediatamente el asesinato de un guardia de banco. Es un dato más de una tragedia que sigue. No para.

La sensación térmica de la población sin diferencias culturales, sociales, religiosas, políticas, etc., no se cambia por la frialdad de las estadísticas oficiales. La gente no denuncia habitualmente delitos de los que es víctima salvo que las circunstancias lo impongan necesariamente.

Hay un estado de ánimo general. Los más expuestos a la delincuencia diaria son quienes tienen cercanías a los barrios -particularmente de Montevideo- a los que se viene aludiendo como zonas "rojas", fuente de colectivos dolosos, y en los que se están desarrollando procedimientos especiales con fuerte presencia de policía. Pero, los criminales están al acecho por doquier.

El temor extendido es grande. Condiciona la libertad de vida de la ciudadanía. Se camina con miedo. No se sale a la calle en la noche. Se desconfía de la gente con la que las personas se cruzan.

La situación de los menores supera todo lo imaginable. Roban y matan. Está presente el consumo de drogas. También como se ha manifestado por las autoridades el propósito de obtener bienes de consumo ajenos. Lo primero, exige una acción de represión inclaudicable. Lo segundo se explica, en base a una adolescencia sin valores, sin raíz familiar, sin apoyo de los progenitores, sin vocación de estudio y de inserción en la vida civilizada. Es impostergable se actúe y se tomen medidas eficientes.

Personalmente firmaré el plebiscito para rebajar la edad de imputabilidad. Hay una larga discusión en materia penal sobre si las sanciones más severas y ejemplarizantes contribuyen a disminuir el delito. Es, no obstante, hacer algo. Dirigido a proteger a la gente del común expuesta diariamente a riesgo de vida, por el robo de un celular o unos pocos pesos. Es dable observar, además, el creciente número de víctimas fatales del crimen, y la de personas que han actuado dando muerte a asaltantes. Lo peor que puede ocurrir es que el Estado resigne su obligación de mantener el orden público y que terminemos en una sociedad -una selva- acostumbrada a hacer justicia por propia mano. Circunstancia en la que lentamente vamos quedando inmersos.

Una causa del delito, no la única, es justamente la omisión estatal. Viene de atrás. La seguridad pública hace agua. Así, creció la seguridad privada. En el mundo contemporáneo, ciudades que por su tamaño aparecen como incontrolables, con bolsones de carencias sociales, han tenido éxitos impactantes contra el crimen. Merecen atenderse.

Es cita frecuente e insoslayable la de la ciudad de Nueva York. Fue una de las que llegó a tener más muertos de herida de bala por día y hoy los índices de violencia y de delito allí se han abatido de manera espectacular merced a una eficiente acción de guerra total, legal y policial al crimen. Aplicada por el Estado. Se la llama "tolerancia cero".

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar