MarÍa Julia Pou
Importantes jerarcas del gobierno han formulado severas críticas al consumismo que según ellos domina nuestra sociedad. No es la primera vez que desde filas del MLN o MPP se opina de esta manera. Vale la pena que nos detengamos en analizar el alcance de ese concepto relacionándolo con el de consumo, pues quizás acerca de la diferencia entre uno y otro es que surgirán visiones diferentes de nuestra realidad. El consumo considerando como tal la adquisición de bienes perecederos constituye en las sociedades modernas un fuerte impulso para toda la economía. El consumo de bienes, desde los víveres y elementos indispensables para la vida hasta aquellos que no lo son tanto pero que contribuyen al confort, mueve muchos recursos, genera empleo, representa ganancias empresariales y una fuerte contribución a las arcas fiscales. Es una expresión de la vida moderna la legítima aspiración a obtener estas facilidades materiales que mejoran la calidad de vida y a veces satisfacen un legítimo deseo de disfrutar. El consumo es pues motor económico y legítima aspiración humana.
¿Cuándo, en qué condiciones se le puede agregar la partícula "ismo" que denota una compulsión o tendencia compulsiva a consumir? ¿Es el consumismo algo malo o perverso? Sin lugar a dudas en las sociedades libres, aquellas en las que la libertad individual se ejerce en todos los planos, incluyendo por supuesto el económico, cada uno utiliza sus recursos de la forma que le da la gana. Es cierto que la venta de bienes es incentivada o promovida de una forma intensa que también se inscribe dentro de la libertad de información que es la propaganda. Hay que unir a esta visión a su acompañante casi esencial que es el crédito para consumo. Esta facilidad de obtener recursos a cuenta del mañana se ha generalizado y es también libre entre nosotros.
Sin pretensiones filosóficas es preciso agregar a esta visión el elemento muy importante que refiere a los valores que la sociedad y los individuos puedan tener como guía de sus actos. Cada uno de nosotros juzgara, contraponiéndolos, el deseo de obtener un bien y las posibilidades de adquirirlo sin incurrir en desequilibrios económicos. También habrá quienes prefieran destinar recursos a otra finalidad o aun quienes tengan la fuerza de voluntad como para privarse libremente de ellos en el entendido, que compartimos, de que los bienes materiales son por definición insatisfactorios plenamente.
Cuando se critica el consumo excesivo es preciso señalar que si ello se desea atemperar será solamente por el camino del fortalecimiento de valores que se podrá lograr. Salvo que lo que se esté imaginando es una sociedad en la que el gobierno, que pasaría automáticamente a ser totalitario, fuera el que autorizaría o no determinadas compras. El consumo es beneficioso para la economía del país y permite vivir mejor a un alto porcentaje de nuestros compatriotas. El consumismo solo puede frenarse mediante un sistema de prioridades en el que lo material ocupe su lugar correcto. Esa batalla se libra en la educación, en el hogar, en el ejemplo, y en el cultivo de valores espirituales que, esos si, resultan imperecederos.