De cuarta

Francisco Faig

Se nos prometió un país de primera. Vamos camino a uno de cuarta.

El gobierno sabe que nada sustancial ha hecho para mejorar la calidad de la enseñanza pública, pero no está dispuesto a enfrentar a sus ideologizadas bases sindicales que impiden una reforma sustantiva y revolucionaria. Así, el principal motor de ascensión social está roto. Pero la izquierda se complace en repartir computadoras.

El presidente es capaz de decir que nada tuvo que ver el ejecutivo con la anulación de la ley de caducidad, pero fue su ministro de relaciones exteriores quien planteó el tema. Y como en esas conferencias de prensa informales nadie repregunta, quedará expuesta, a quien quiera verla, la mentira de la fórmula Mujica- Astori: sí le enmiendan la plana al pueblo; y sí lo hacen por iniciativa presidencial.

Gobierno y Frente Amplio son capaces, sin ruborizarse, de culpar al "neoliberalismo de los noventa" de la inseguridad. Porque la necedad impide asumir que sus medidas fracasaron con estrépito. Los megaoperativos son vulgares razzias fascistoides que estigmatizan a los pobres y que los intelectuales de izquierda no denuncian porque las hace un gobierno frenteamplista. Las leyes de procedimiento policial y de humanización de cárceles no dieron resultado. Las mesas de seguridad ciudadana dicen lo que todos ya saben. El fortalecimiento de la guardia republicana sigue sin hacerse. La responsabilidad es pues, de la contundente ineficiencia y desidia propias de un gobierno de cuarta.

Aceptamos de buena gana que nuestro presidente no use corbata, diga puédamos y váyamos frente a un selecto grupo de empresarios regionales, o haga pasar vergüenza institucional al país en su racista discurso de Perú. Porque es rasgo folclórico; sincero; acorde con el paisito. Porque es condescendiente con la mediocridad de cuarta propia del petiso con ínfulas de ser de primera.

Hemos perdido sentido de exigencia en la de calidad de las políticas públicas. Hemos perdido también, respeto en la convivencia urbana colectiva. Camino a la barbarie, se multiplican los episodios de justicia por mano propia y de cortes de ruta por reclamos vecinales frente a la inoperancia del gobierno.

Ya no hay sentido de urbanidad. Montevideo sufre una endémica polución sonora que la hace invivible. A los ómnibus y taxímetros que no cumplen con la reglamentación y martirizan a toda la ciudad, se suman las motos de caño de escape abierto (que también agobian al vecino en el interior) y las alarmas de los autos y de las casas, a lo largo de todo el año. Pero también están los insoportables ruidos periódicos: el bullicio de los ensayos nocturnos de murgas en enero, el estruendoso repiqueteo de las tardes de fin de semana de la comparsa del barrio, o los gritos y la música al alba de los feriantes semanales.

Hay otro camino posible. Precisa que rompamos la anteojera ideológica que sacrifica el sentido crítico individual en el altar de la pertenencia identitaria colectiva frenteamplista. Un país de primera precisa exigencia ciudadana de primera.

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