CLAUDIO FANTINI
Mirar directamente a la verdad; valorar correctamente la verdad y decir claramente la verdad". Con esa consigna deliberó el VI Congreso del Partido Comunista de Vietnam en 1986. El objetivo era claro y contundente: dejar de culpar a la devastadora guerra con los Estados Unidos y asumir la cruda realidad sobre el sistema colectivista de planificación centralizada, por más dura que ésta sea para los dogmas ideológicos del régimen. Y el resultado de haber asumido frontalmente la verdad, en lugar de disfrazarla con consignas y coartadas, fue la apertura económica que sacó a Vietnam de la ancestral pobreza que el comunismo no había podido revertir.
Cuba tuvo en estos días su VI Congreso del Partido Comunista. El objetivo era el mismo que se había planteado 25 años antes la nomenclatura vietnamita. Por eso el cónclave fue precedido por una serie de autocríticas, algo inconcebible en un régimen que lleva décadas culpando al embargo norteamericano de todos los males y carencias de la isla. La más importante de las revisiones planteadas desde que Raúl Castro reemplazó a su hermano, fue admitir el error cometido en 1968, cuando se colectivizó la totalidad de la economía, quedando en manos del Estado hasta los negocios más pequeños. Calcar el modelo soviético de colectivización y planificación centralizada condujo a la esclerosis económica. Y no es poco que la esté planteando Raúl Castro, quien exige al Partido Comunista deponer los dogmas para poder asumir la realidad y actuar en consecuencia. No obstante, en comparación con Vietnam lo que planteó el VI Congreso suena a poco y tarde.
Marcando puntos claves del régimen en el país asiático, Ho Chi Ming y Nguyén Van Giap llevaron el comunismo al poder, Le Duan colectivizó la economía, Nguyén Van Linh abrió el debate sobre la necesidad de reformas y, finalmente, Vo Van Kiet reemplazó la planificación centralizada por el mercado y la colectivización por la propiedad privada y las inversiones extranjeras. El resultado es que Vietnam lleva veinte años creciendo a un promedio de ocho puntos y la pobreza descendió del 70 al 20 por ciento.
La reforma planteada en Cuba es mucho más tímida: una pequeña apertura al capital privado; un retroceso ínfimo de la planificación en favor del mercado, y la autogestión de las empresas que el comunismo soviético siempre le había criticado al modelo yugoslavo del mariscal Tito. No obstante, puede ser un punto de inflexión en el socialismo cubano. Posiblemente, igual que Nguyén Van Lyn, Raúl Castro quedará en la historia como el jefe que reemplazó el dogma ideológico por el debate y la autocrítica. Pero de nada servirá si después no llega alguien que, como Vo Van Kiet, decida superar definitivamente el colectivismo y la planificación centralizada.
Por cierto, igual que sus camaradas asiáticos en 1986, los comunistas cubanos ni siquiera mencionaron la apertura política en su histórica deliberación.