Pablo Da Silveira
El ataque combinado de Fenapes y las autoridades de Secundaria contra el proyecto de mejora presentado por el consejero Daniel Corbo es un buen reflejo del estado en que se encuentra nuestra enseñanza. El documento con el que Corbo respondió a las críticas denuncia una larga serie de afirmaciones erróneas que por momentos llegan al ridículo.
Es casi gracioso, por ejemplo, que la gente de Fenapes diga que todos los integrantes del grupo de asesores propuesto por Corbo fuimos partícipes de la "reforma Rama". Aunque no es un dato demasiado trascendente, cualquier persona que haya seguido el debate de esos años sabe que eso es palmariamente falso (lo que no implica, desde luego, que quienes la hayan apoyado merezcan ser descalificados).
Pero el consejero Corbo es demasiado amable cuando prefiere atribuir estos errores a la falta de información. En realidad estamos ante un bien conocido uso del lenguaje que técnicamente se llama "emotivismo".
Cuando se hace un uso emotivista del lenguaje, las palabras pierden su sentido literal y se convierten en signos muy primarios de aprobación y desaprobación. Decir "Fulano fue parte de la reforma Rama" ya no quiere decir lo que esas palabras sugieren, sino: "No queremos a Fulano y convocamos a atacarlo". Dicho de otro modo, cuando se hace un uso emotivista del lenguaje, las palabras se utilizan para marcar a las víctimas.
El uso de "participante de la reforma Rama" que hace Fenapes es muy similar al que mucha gente hace de la palabra "neoliberal". No importa que la persona en cuestión no sea neoliberal. Ni siquiera importa que no se sepa muy bien qué es el neoliberalismo. Simplemente se trata de señalar que ese individuo no es "de los nuestros" y que debe ser objeto de ataque.
El uso emotivista de "neoliberal" o "participante de la reforma Rama" es similar al uso que hacían los nazis de la palabra "judío". No importaba que lo que se dijera sobre los judíos fuera falso. Ni siquiera importaba que jamás haya habido criterios claros para distinguir "lo judío" de lo "no judío". Simplemente, decir de alguien que era judío equivalía a señalarlo co- mo víctima. Decir de alguien que era pro judío era una manera de declararlo indigno de toda confianza. Decir que una manifestación artística o científica era judía era una manera de decir que no merecía existir.
Esta receta tribal, bien afinada por el siniestro Goebbels, fue luego aplicada de manera sistemática por el aparato de propaganda del Partido Comunista soviético (que en muchos sentidos fue su mejor alumno). De allí pasó a ser una práctica común en buena parte del mundo, y todavía la vemos vivita y coleando en Uruguay.
A las corporaciones que una vez más bloquean un intento de mejora educativa no les interesa la verdad, como tampoco les interesa la educación ni la suerte de los uruguayos más necesitados. Lo único que quieren es mantener el control sobre un territorio que, como consecuencia de una larga serie de esfuerzos propios y errores ajenos, consiguieron colonizar ha-ce años. El desafío es trabajar para que el control del sistema educativo vuelva a manos de los ciudadanos.