No puede esperar más

Hoy en día está en el sentir y el pensar de todo uruguayo la absorbente preocupación por un tema: el educativo. Se cuestiona la globalidad del sistema. En el pasado, sin embargo, hubo períodos en que fue palpable un notorio progreso en el planteamiento y en la solución de ese mismo problema: fue cuando se estableció la enseñanza laica, obligatoria y gratuita en Primaria, se la extendió luego a Secundaria creando los liceos en las capitales departamentales mientras la Universidad se mantenía como un prestigioso faro de libertad intelectual.

Pero, a fines de la década del 50, las cosas empezaron a cambiar dramáticamente. La revolución cubana abría otras perspectivas, albergaba otras esperanzas. Y mucha gente se plegó a la concepción izquierdista de Fidel, el líder que necesitaba, con un mensaje de cambios profundos dentro de la libertad. Cual nuevo tsunami ideológico, Fidel se impuso en América Latina. Desgraciadamente, muy poco después traicionó a su propio mensaje con actitudes liberticidas y así se transformó en un vulgar dictador egocéntrico y fanático al que solo la enfermedad obligó a alejarse del poder, aunque el Estado policial que fundó, pudo dejárselo, dinásticamente, a su hermano Raúl.

Desde hace medio siglo, el castrismo -ahora reconocido por sus propios líderes como una revolución fracasada- estuvo filtrándose en el continente y aportando -es el caso de la izquierda uruguaya- una visión resentida. En Uruguay introdujo una impronta de pesimismo rencoroso, de supuesta invalidez moral de los partidos tradicionales y la absoluta convicción de que era imposible restaurar al país sin acudir a sus fórmulas salvadoras. Haciendo suyas las recomendaciones de Gramsci, el ideólogo comunista italiano, se infiltró en la cultura, en el ambiente artístico, en la prensa y, sobre todo, en la educación (en sus tres niveles) y extendió en la juventud el sofisma de que la verdad y el futuro militaban en sus filas.

La experiencia histórica demostró la falsedad de sus invocaciones. Pero el daño estaba hecho. De ese par de generaciones contaminadas por el virus marxista castrista salieron los actuales docentes y se reclutaron suficientes compatriotas como para que el Frente Amplio llegara al gobierno.

Estos son los parámetros dentro de los cuales debemos actuar. Constituyen nuestra realidad insoslayable. Cuando se dice que la educación es un desastre y que es necesario modificar tanto las técnicas pedagógicas como los contenidos programáticos y, además, dotarla de la escala de valores de la que actualmente carece, no debemos dejar de tener en cuenta que quienes protagonizarán ese cambio son los maestros, profesores, la familia, los medios, etc., todos ellos actuando de consuno. Y que todos estos agentes, y quienes los formaron, están parcialmente invalidados por el hecho de ser el reflejo de una efectiva penetración ideológica desplegada en las últimas décadas.

La educación siempre es un espejo de la sociedad: reproduce su imagen. Pero la afirmación por la inversa también es cierta, porque ambas se retroalimentan mutuamente. Lo que resulta evidente es que el tiempo de la retórica se terminó. Hagamos a un lado el lamento y la denuncia. Ya cumplieron su función. Ahora se impone actuar. Tiene que surgir un liderazgo eficaz en esta coyuntura. Quizá, un equipo de mentes creativas. Propongámonos que el 2012 comience con la reforma educativa en marcha. Fijemos los objetivos. Establezcamos qué perfil de egresado de los distintos sectores de la educación queremos forjar. En función de ello, obviamente, estableceremos las normas que conduzcan a esa meta.

Hace pocos días, el presidente Obama efectuó una gira latinoamericana. Dentro de su agenda, su esposa Michelle visitó un colegio chileno. Fue entonces que dijo a los jovencitos presentes: "Hay que escuchar a los profesores, hacer las tareas, tomar riesgos, hacer cosas nuevas y difíciles. No tener miedo de equivocarse. Los grandes sueños requieren grandes esfuerzos".

Que nos sirva de inspiración porque nosotros, los uruguayos, también podemos.

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